EL GOZO DE SEGUIR A CRISTO  
 

Quiero hablarles acerca del gozo que significa seguir a Cristo. Cuando el Maestro estuvo en el mundo llamó a hombres de todas las clases sociales para que le siguieran. El evangelista Mateo transcribe el siguiente llamamiento del Señor: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga" (Mateo 11.28-30).

Era un llamamiento para venir y aprender, venir a vivir, venir y trabajar por la vida eterna. Cristo sabía que muchos de los que llegarían a seguirle no sabrían el significado de este seguimiento, por eso vuelve a decir, esta vez a sus discípulos: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame" (Mateo 16.24). No era, desde luego, cosa sencilla seguir a Cristo. Abandonar los propósitos de uno en la vida, vivir con una responsabilidad distinta, seguir de cerca el plan propuesto por el Maestro para llegar a ser discípulo, no era cosa fácil. Pero Dios ha querido siempre lo difícil.

El propósito principal en seguir a Cristo está en llegar a ser semejante a él. Esto lo declara el mismo Señor en otro pasaje de la Biblia, con las siguientes palabras: "El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor" (Mateo 10.24-25). El gozo de Cristo, la vida poderosa, victoriosa del Señor, el trabajo alegre que conduce a la creación de un mundo nuevo, de un estado de cosas distintas, todo viene como consecuencia de seguir a Cristo. Es un principio elemental que uno llega a parecerse a la persona que sigue o al ideal que profesa. Siguiendo a Cristo somos gradualmente transformados a una vida distinta, mejor y eterna en los cielos. Sentimos en nuestra alma un gozo nuevo; nos sentimos perdonados de nuestros pecados y en posesión de una paz gozosa, de una salvación sin límites.

¿Qué significa seguir a Cristo? Primeramente, seguir al Señor es aceptar una invitación personal. Nos llenamos de alegría cuando alguien de cierta categoría social o política nos extiende una invitación. La invitación de Cristo está hecha. Es cuestión de decir "SI" a ella y hacerla nuestra.

Pedro, Andrés y Juan experimentaron el gozo de la invitación personal de Cristo, cuando se hallaban pescando en el mar de Galilea. La Biblia dice acerca de él: "Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron. Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó. Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron" (Mateo 4.18-22).

Es bueno notar aquí que los nombres de cada uno se menciona concretamente. No se trataba de eclesiásticos llenos de sabiduría humana. Eran pescadores que trabajan para ganarse la vida como todos nosotros. Pero Cristo quería que dejaran sus trabajos y le siguieran, y eso quiere también de todos nosotros. La invitación de Cristo no quedaba limitada a aquellos pocos. Cristo me llamó a mí, ha llamado a millones a través de los tiempos, y sigue llamando a todos los hombres, a todos las mujeres, a todos los niños que escuchan ahora mismo este mensaje para que le sigan, para que imiten su vida, para que anden tras sus pisadas. El dice en el Apocalipsis, que es el último libro de la Biblia, lo siguiente: "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo" (Apocalipsis 3.20).

En segundo lugar, el seguir a Cristo nos da un propósito definido en la vida, un objetivo concreto. Esto ocurrió en el caso de los discípulos. Pedro, Juan y Andrés fueron llamados a seguir a Cristo, pero fueron llamados para una misión específica: "Yo os haré pescadores de hombres", les dijo el Maestro. Durante el ministerio terrenal de Jesús, en una ocasión en que parece que la gente quería seguirle, Cristo invitó a tres hombres más para que le siguieran. El primero prometió seguirle, pero no se detuvo a considerar el precio de este seguimiento, y por lo tanto fracasó (Lucas 9.57-58). El tercero intentó igualmente seguirlo, pero no estaba dispuesto a dejar a los suyos. El segundo hombre es el que más nos interesa. También sintió deseos de seguir tras el Maestro, seguramente no le faltó la voluntad, pero pidió permiso al Señor para ir primeramente a un entierro. Fue a éste a quien dijo Cristo: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios" (Lucas 9.60). Lo que Cristo dice aquí es que seguirle significa un objetivo específico: tomar el camino de la vida, proclamar la realidad de Dios y el reino de Dios ante todos los hombres, en todos los lugares.

Para esto mismo vino Cristo a la tierra. Para anunciar el reino del Padre, para propagar la verdad de la vida eterna por todo el mundo mediante sus discípulos, a los que eligió y envió con un propósito determinado. En una ocasión dijo a los suyos: "Me es necesario hacer obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar" (Juan 9.4). Y en el pasaje conocido como la Gran Comisión, después de haber resucitado de entre los muertos, el Señor dijo a los suyos: "Por tanto, id, y hacer discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mateo 28.19-20). En estas palabras de Cristo hay un mandamiento específico, una misión concreta. Cuando Dios llama a una persona a través de Cristo, mi estimado lector, no la deja a la deriva; le encomienda una labor. Y la obediencia y el sometimiento a esta labor es un motivo de auténtico gozo para la persona llamada.

Hay un tercer motivo de gozo en seguir a Cristo. Y es el de la disciplina que este seguimiento impone. Hay algunos "maestros", y hemos escrito esta palabra entre comillas, que reclaman menos de los seguidores; otros reclaman más. Pero la disciplina que Cristo impone a quienes le siguen es totalmente distinta. Cristo no reclama más ni menos que otros. Lo que él reclama es un seguimiento distinto, que envuelve toda la personalidad del discípulo, que impone unos sacrificios personales, naturalmente recompensados por el gozo que origina. El evangelista Lucas nos transcribe estas palabras de Jesús: "Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo... Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo" (Lucas 14.26,33).

Este es el precio que hay que pagar por seguir a Cristo. Renunciar al amor de los seres que más amamos, de las cosas que más queremos, si es que estos seres y estas cosas nos apartan del Señor. Cristo debe ser primero en nuestra vida, primero en nuestros objetivos terrenos, primero en nuestro suspiro final. Pero este precio es posible pagarlo. No hay nada difícil ni imposible en la vida con Cristo. Porque el Señor no exige imposibles. El conocía y conoce perfectamente nuestras debilidades, nuestras indecisiones, nuestros pecados. Precisamente por todas estas cosas murió en la cruz. Pero, a pesar de ello, Cristo quiere que andemos cerca de él. Esto no puede hacerse, lógicamente, si la sangre de Cristo no ha salvado primeramente nuestra alma.

Esta salvación tiene dos fuentes distintas y origina dos causas diferentes. Primeramente es preciso una decisión personal en seguir a Cristo. Esto crea una experiencia espiritual no experimentada hasta entonces y da una nueva razón de vivir. Pablo, el apóstol, dice en el capítulo 10 de la epístola a los Romanos que la salvación viene por la obediencia a los mandamientos de Cristo, por el reconocimiento del Salvador y Señor resucitado. Cuando creemos en Cristo, cuando le obedecemos, cuando nos arrepentimos de nuestros pecados, cuando confesamos públicamente su divinidad y cuando somos bautizados por inmersión, entramos en una nueva relación con Cristo y por medio de él con Dios (Marcos 16.16; Hechos 2.38; Mateo 10.32-33; Lucas 13.3).

El bautismo del Nuevo Testamento no es para ser administrado a cualquier persona, sino únicamente a aquellos que creen firmemente en el Señor, a los que adopten la más importante decisión de su vida, dejando de pecar y entregándose completamente al Señor. El bautismo ha de ser forzosamente de personas adultas porque el bautismo cristiano es un símbolo de la muerte, sepultura y resurrección de Cristo (Romanos 6.11). En la epístola a los Gálatas, Pablo aclara esto bien en las siguientes palabras: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gálatas 2.20).

- Autor desconocido

La Voz Eterna, Septiembre 1971

Índice de Estudios
(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)

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