MOVIMIENTO DE RESTAURACIÓN

JUAN ANTONIO MONROY

 

 

Prólogo editorial

Introducción

Declaración y Alocución

La Última Voluntad y el Testamento del Presbiterio de Springfield

 

HISTORIA y DOCUMENTOS

Por Thomas Campbell

Barton W. Stone

Juan Antonio Monroy

 

Prólogo editorial

Como existen el día y la noche, el sol, la luna y las estrellas, el ser humano alberga en lo íntimo de su naturaleza el germen de la división. Tiende hacia la fragmentación de las cosas y de los grupos de forma casi natural, al igual que el aliento de las plantas en el aire.

Con todo y ser una institución de origen divino, ni siguiera la iglesia fundada por Cristo en torno al año 44 de nuestra era se libró de la división. En vida del fundador ya se inició la discordia entre el pequeño grupo de dirigentes, enardecidos por la ambición de los primeros puestos.

Extraños fenómenos. Paralelamente a los movimientos cismáticos surgieron los impulsos restauradores. Estos se hicieron más intensos y estuvieron mejor organizados a partir del siglo XII. La Reforma del siglo XVI dio un vuelco al mapa de Europa y tuvo notable influencia en los nuevos comportamientos religiosas, políticos, económicos y sociológicos del viejo continente, exportados después a otras tierra. Pero la Reforma no fue kilómetro final en el camino de la acción restauradora. Con posterioridad a ella surgieron otros movimientos religiosos que, si bien fueron menos importantes en dimensión y en consecuencias, contribuyeron a desramar el árbol de la doctrina de la iglesia hasta dejarlo en su justa proporción, devolviéndole la esencia original.

Uno de estos movimientos germinó en los Estados Unidos de Norteamérica a principios del siglo XIX. Fueron sus impulsores Thomas y Alexander Campbell, padre e hijo, a quienes se unió un selecto grupo de dirigentes cristianos que participaban de sus mismas ansias restauradoras.

La intención de los precursores dio nombre al producto: Movimiento de Restauración. Es así como se conoce en todo el mundo al ente religioso en el cual están hermanadas las iglesias de Cristo. Son congregaciones independientes compuestas por individuos que se esfuerzan en mantener intacta la doctrina de la iglesia del Nuevo Testamento y vivir en consecuencia con sus requerimientos.

El Movimiento de Restauración, implantado en casi todos los países del mundo, tiene fuerte arraigo en las repúblicas de Hispanoamérica, en España y en los núcleos hispanos de Estados Unidos. Aún así, falta conocimiento histórico. Los miembros hispanos de las iglesias de Cristo no disponen de un material escrito que les permita conocer el origen y desarrollo del Movimiento de Restauración a través del tiempo.

La presente obra tiende a paliar esa laguna histórica, que otras plumas podrán navegar más a fondo en el futuro.

En este volumen de Editorial Irmayol se incluyen tres trabajos. Va en primer lugar "Historia de un Movimiento", enteramente escrita por Juan Antonio Monroy. Para su redacción el autor ha recurrido a obras escritas todas ellas en inglés, debido a la ya citado ausencia de textos en español. Es una historia forzosamente sucinta, teniendo en cuenta que ha de compartir volumen con otros escritos, y al propio tiempo suficientemente aclaratoria. El lector tiene aquí una panorámica histórica que contempla las etapas más destacadas en el inicio y desarrollo del Movimiento de Restauración. Sin ella, los documentos de Thomas Campbell y de Barton Warren Stone carecerían de la orientación necesaria al lector no iniciado.

A continuación en el presente volumen sigue la "Declaración y Alocución", de Thomas Campbell, y se cierra con el breve escrito de Stone, "La última voluntad y el testamento del Presbiterio de Springfield".

La traducción al español de ambos documentos ha sido realizada por dos mujeres jóvenes: Yolanda Monroy Herrero y Yolanda Guerrero Domenech.

Para ofrecer esta versión a los lectores de habla hispana hemos tenido que vencer varias dificultades. La inicial se presentó en la traducción del primer título: "Declaration and Address". Ningún problema con el sustantivo "Declaration". Pero "Address", además de dirección donde uno vive, significa también discurso, conferencia, proclama, tratamiento. Tuvimos en cuenta el contenido y el propósito del documento y nos decidimos por un segundo sustantivo: "Alocución". "Declaración y Alocución" es el título que hemos puesto en español a la obra ya clásica del irlandés-norteaméricano Thomas Campbell.

El estilo original de la "Declaración" corresponde al de un predicador inglés de hace casi dos siglos: Literatura compacta, de ideas apiñadas, impenetrable a veces, frases muy largas. Como si estuviera gesticulando ante un auditorio impresionado por la mímica, Campbell mete la palabra hablada en párrafos literarios pedagógico. El autor de la "Declaración" fija su atención en acciones que exigen una crítica temporal de la situación, pero que no resulta fácil de entender casi doscientos años más tarde.

Con semejante material es imposible presentar una traducción de matrícula. En la versión española se dan también las frases largas. A ello nos ha obligado el estilo literario del autor. Y por fidelidad al texto original hemos sacrificado la cadencia de nuestro bello idioma español.

Documentos como los que aquí incluimos no permiten libertades a la hora de traducir. Ofrecer a los lectores el pensamiento original de Campbell y de Stone ha sido nuestra principal preocupación.

El tema central de "Alocución y Declaración" es la unidad de los cristianos. Campbell insiste en ello con repetición obsesiva. Thomas y Alexander Campbell - lo repetimos en otro lugar - se adelantaron en más de cien años a las primeras convocatorias del ecumenismo protestante para discutir el tema de la unidad.

Como si el sol de agosto le quemara la sangre y el corazón se le rompiera en medio de la noche ante el espectáculo que ofrece el cristianismo dividido, Thomas Campbell escribe: "¡Qué efectos tan horribles y penosos han producido esas tristes divisiones! ¡Qué antipatías, qué reproches, qué calumnias, qué conjeturas diabólicas, qué encolerizados argumentos, qué enemistados, qué excomuniones, e incluso persecuciones!"

"¡Oh! ¡Qué los ministros y la gente consideren que no hay divisiones en la tumba, ni en la mundo que yace detrás de ella! ¡Allí nuestras divisiones tienen que llegar a su fin! ¡Todos nos tendremos que unir allí! Quisiera Dios que pudiéramos encontrar en nuestros corazones el poner fin a nuestras cortas divisiones aquí, para que así podamos dejar una bendición detrás de nosotros; más aún, una iglesia feliz y unida".

La frase certera de Campbell, "no hay divisiones en la tumba", debería estimularnos a promover la unidad de todos los seres humanos en una misma fraternidad; la unidad de todos los cristianos en el único Cuerpo, Cristo. Persistir en el empeño hasta que nuestro corazón se derrita en la luz y se funda el espejo al que asomamos nuestro rostro. Porque la unidad del género humano es el fin de la predicación cristiana.

- Juan Antonio Monroy

(publicado con permiso del autor)

 


 

Historia de un movimiento

Por Juan Antonio Monroy 

Introducción

Quienes descifran el griego antiguo dicen que la palabra "apostasía" significa, en el idioma de Platón, "revuelta", "defección", con referencia a una revuelta política o una defección religiosa. Margarita Mínguez, especialista en Filosofía Semítica, explica que los autores profanos prefieren el primer sentido, en tanto que el significado de defección religiosa es de origen bíblico, así del Antiguo como del Nuevo Testamento.

Voces afines de "apostasía" y "defección" son, en castellano, "abandono", "infidelidad", "deslealtad", "alejamiento" y otras.

Estos y más calificativos pueden ser aplicados, sin rubor, a la iglesia fundada por Cristo, esto es, por Dios. En realidad, y tal vez aleccionado por la experiencia del pueblo judío, Jesús predijo la apostasía de la iglesia antes incluso de su fundación. En el discurso escatológico de Mateo capítulo 24 el Señor contempla la infidelidad de la futura iglesia. Y en la parábola del juez inicuo contada por Lucas, el Maestro se pregunta si al tiempo de su segunda venida en gloria celestial quedará fe en la tierra (Lucas 18).

Con todo, es Pablo, años más tarde, cuando la iglesia vive sus primeras pruebas, quien más escribe y advierte acerca de la apostasía de los cristianos. Sus amonestaciones en este sentido se encuentran en casi todas las epístolas que escribió. El tema se analiza con mayor preocupación en las dos epístolas a los Tesalonicenses. Y recibe atención especial en la epístola a los Hebreos, fuera escrita o no por Pablo.

La apostasía de la iglesia, que se inició poco después de su fundación, adquirió carácter "oficial", "gubernamental", "estatal", "imperial" e "infernal" en la primera mitad del siglo IV, con el desdichado Edicto del emperador Constantino.

A partir de esa fecha, como en el tango argentino, la iglesia fue "cuesta abajo en su rodada". Los hombres y el tiempo transformaron y deformaron la institución fundada por Cristo.

Coincidiendo con los últimos años de la Edad Antigua - final del siglo V - la apostasía de la iglesia adquiere caracteres universales. Hasta entonces estaba localizada en núcleos de comunidades locales, pero el Edicto de Constantino amplió considerablemente sus proporciones.

Durante la Edad Media, que se inicia al principio del VI y se prolonga hasta finales del XV, con la caída de Constantinopla y el descubrimiento de América, se añaden al credo de la iglesia los grandes dogmas y doctrinas innovadoras del catolicismo: el culto as la Virgen María, el culto a los santos, el uso del latín como idioma eclesiástico, el culto a las imágenes, el celibato obligatorio del clero, las indulgencias plenarias, la transubstanciación, el uso del rosario, la confesión auricular, el purgatorio y otros dogmas y principios doctrinales menores. Tantos, que han dado origen a la publicación de gruesos volúmenes apologéticos. Todo ello fruto de la voluntad despótica del papado y de los concilios, puesto que tales exigencias de fe ni siquiera se contemplan en el Nuevo Testamento.

El Concilio de Trento, que duró desde diciembre de 1545 a diciembre de 1563, un total de 18 años, confirmó y amplió todas las herejías que la iglesia de los papas había añadido a la iglesia de Cristo a través del tiempo. Aún más, igualó el valor de la Biblia al de la tradición, incluyó libros apócrifos en el canon del Viejo Testamento, estableció que los niños nacen en pecado originalmente heredado de Adán y Eva, confirmó como sacramento la extremaunción, proclamó la existencia del limbo y decretó un sinfín de obligatorias creencias tan heréticas como las anteriores.

Todo esto, en el plano doctrinal.

El comportamiento histórico de los llamados representantes de Cristo y cabezas visibles de la iglesia alcanzó niveles de violencia, guerras, homicidios, persecuciones, muerte, traiciones, revoluciones políticas, opresiones sociales, asesinatos "religiosos"... Un total de ocho llamadas "cruzadas", que regaron de sangre joven pueblos de Oriente y de Occidente, desataron entre los siglos XI y XV los jefes de la iglesia fundada por aquel que dijo a Pedro: "Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán" (Mateo 26.52).

No satisfecha con la muerte del mahometano infiel, la iglesia de los papas arremetió contra sus propios hijos, sembrando de muerte todos los rincones de sus templos, en un nuevo ritual vandálico ofrecido a los dioses de Baal. Desde 1231 hasta 1820, durante seis largos siglos de oscurantismo, la Inquisición establecida en el seno de la iglesia supuestamente heredera de la que Cristo fundó sobre su propia sangre, torturó y asesinó a medio millón de personas.

Si alguien cree que resulta agradable este autor el relato de tantas barbaridades, de tantos despropósitos, está equivocado. No escribimos con inquina, tampoco con aborrecimiento, ni siguiera con rencor; lo hacemos con dolor, con rabia.

Con la misma rabia y el mismo dolor que sentían todos los que nunca doblaron sus rodillas a la deslealtad ni rindieron sus corazones al error. La sabiduría divina afirma que aun en los tiempos de más descarada apostasía Dios ha contado con restos fieles, hombres y mujeres que, unidos en pequeñas manadas, según el término empleado por Cristo, han luchado denodadamente por la restauración de los principios bíblicos originales.

La corrupción doctrinal y los comportamientos viciados de la iglesia de Cristo movieron infinidad de corazones hacia intentos de reforma. Enfrentándose a las dificultades, desafiando los peligros y las amenazas, creyentes de todos los tiempos se entregaron a la tarea de restaurar la iglesia del Señor a su pureza primitiva.

Los primeros movimientos importantes conocidos fueron los Albigenses y los Valdenses, surgidos hacia la segunda mitad del siglo XII en Francia e Italia principalmente. Repudiaban las doctrinas del papado y abogaban por el retorno a la iglesia del Nuevo Testamento. Sus intentos de reforma fueron suprimidos con persecuciones sangrientas por parte de la iglesia católica, pero los ideales que sembraron fueron ya irreversibles. Había prendido la llama de la restauración y no hubo fuego en el mundo capaz de apagarla.

Durante los siglos XIII, XIV y XV surgieron otros hombres con pasión reformadora. En un contexto histórico que les era totalmente adverso, denunciaron con valentía la apostasía de la iglesia y clamaron por el retorno a la pureza de la fe. Destacan Juan Wyclife en Inglaterra, Juan Huss en Bohemia y Jerónimo Savonarola en Italia.

Con el inicio del siglo XVI aparecen en Alemania los anabaptistas, considerados por algunos historiadores como precursores del Movimiento de Restauración del siglo XVIII. Negaban todo valor al sacramento del bautismo infantil y exigían el bautismo de adultos, por inmersión, precedido de una profesión de experiencia religiosa interior. En 1521 tuvo lugar en Zwickan, Alemania, un levantamiento de campesinos anabaptistas, dirigidos por el pastor Thomas Münzer. Lutero predicó contra ellos la "guerra de los campesinos", que duró cuatro años y concluyó con la derrota de los anabaptistas.

En el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna tiene lugar la Reforma, cuyo inicio puede fijarse en octubre de 1517, cuando Martín Lutero clava sus 95 tesis en la puerta de roble de la catedral de Witemberg. Aquella revolución religiosa, la más importante en la historia del mundo, no terminó de hecho hasta que se firmó la Paz de Westfalia en 1646. Durante siglo y medio tuvo a Europa convulsionada, sumida en guerras inacabables.

Reformadores destacados de este período, además de Martín Lutero, fueron Ulrico Zuinglo, Desiderio Erasmo, Juan Calvino, Juan Knox y otros.

La Reforma luterana concluyó al conseguir sus objetivos aparentes. La Europa religiosa quedó dividida en dos, una católica y otra protestante. El protestantismo e expandió con una rapidez increíble por todos los rincones del mundo. Hacia finales del siglo XVI la Iglesia de Inglaterra se hallaba instalada en el estado de Virginia. Con la llegada de los peregrinos del "Mayflower" a las costas de Nueva Inglaterra en diciembre de 1620, las comunidades protestantes iniciaron la invasión de los Estados Unidos de Norteamérica, inicialmente colonizados por expediciones procedentes de países católicos tales como España, Francia y Portugal.

La Reforma del siglo XVI no agotó los intentos de cambio. Ni duraron los aplausos a su favor. Europa, fatigada de tantas guerras religiosas, una vez firmada la Paz de Westfalia, olvidó a Lutero y al papa y dio un rumbo nuevo al pensamiento, depurándolo de todo ascendiente religioso.

Es entonces cuando el viejo continente entra en la Edad de la Razón. El liberalismo político, filosófico, social y religioso brota en Inglaterra y pasa inmediatamente a Francia y a Alemania. Surgen los grandes racionalistas. Diderot, Voltaire y D'Alembert publicaron la Enciclopedia, que constituye un ataque a todas las religiones institucionalizadas; aparecen en escena Carlos Darwin y Carlos Marx, quienes hacen tambalear la fe de muchos creyentes. Catolicismo y luteranismo acusan por igual el fustigamiento de las ideas ateas y racionalistas; la creencia en Dios sufre una merma considerable.

Es entonces cuando la preocupación reformadora pasa de Europa a Estados Unidos. Las denominaciones evangélicas históricas rompen los muros levantados por el racionalismo europeo en el nuevo mundo y emergen de la crisis con fuerza arrolladora. El avivamiento religioso da lugar a la constitución de nuevas asociaciones protestantes, que en pocos años se extienden por todo el país e inician la evangelización de otras tierras.

En este contexto histórico nace el Movimiento de Restauración, cuyo origen, desarrollo y materialización se cuenta en las páginas que siguen.

Fue un movimiento único, original.

En 1888 se publicó en Nueva York un libro escrito por William H. Whitsitt con el título "Origins of the Disciples of Christ" ("Orígenes de los Discípulos de Cristo"). El señor Whitsitt fue el primero de una serie de autores que han querido ver en el contenido doctrinal del Movimiento de Restauración cuantiosas similitudes con el "Sandemanismo", comunidad de cristianos surgida en Escocia en el curso del siglo XVIII y liderada por Roberto Sandeman (1718 - 1771). El tema continúa siendo tratado hasta hoy con nuevas aportaciones. Teniendo en cuenta que los fundadores iniciales del Movimiento de Restauración, Thomas y Alexander Campbell, eran descendientes de escoceses, y estudiaron y enseñaron en dicho país antes de viajar a los Estados Unidos, las posibles influencias del "sandemanismo", preocupado por la restauración de la iglesia, entran el terreno de la lógica.

Lo que de ninguna manera debe compararse, como se ha hecho en algunos libros, es el Movimiento de Restauración con la Reforma del siglo XVI. La diferencia es abismal. La Reforma no perseguía la restauración de la iglesia del Nuevo Testamento desde dentro, sino la corrección de abusos históricos por parte del Vaticano. Lutero, monje católico, estuvo más preocupado por combatir la autoridad del papa que por recuperar la autoridad de Cristo. Los grandes temas doctrinales del Cristianismo, deformados por el Vaticano a lo largo de la historia, no inquietaron excesivamente a Lutero, quien sólo pretendió la reforma de la iglesia católica.

Por otro lado, como afirma F. Laurent en el tomo III de su "Historia de la Humanidad", la Reforma fue una revolución más política que religiosa: "Al propio tiempo que Lutero lanza su reto a Roma, entran en liza los dos monarcas más poderosos de la cristiandad: Carlos V y Francisco I".

Por el contrario, el Movimiento de Restauración, más modesto si se quiere, permaneció desde sus orígenes al margen de toda controversia política, atraído solamente por dos objetivos principales: la restauración de la doctrina y de la vida de la iglesia al modelo establecido en el Nuevo Testamento y la evangelización de los perdidos.

Eran aspiraciones esencialmente espirituales, compartidas por hombres que no tenían otro compromiso más que el contraído con Dios y con la propia conciencia.

¿En qué creían exactamente los miembros del Movimiento de Restauración? Esta pregunta suele hacerse con mucha frecuencia.

Los hombres que dieron vida al Movimiento nunca quisieron presentar un sistema escrito de sus creencias. Su credo era la Biblia y su lema hablar donde la Biblia habla y callar donde la Biblia calla. Esta norma continua siendo respetada hasta los días de hoy.

Sin embargo, en países fuera de los Estados Unidos, donde el Movimiento es menos conocido, se echa en falta una síntesis teológica del mismo. Responder a las personas interesadas con un "creemos lo que cree la Biblia" no es suficiente; porque esto mismo dicen infinidad de sectas que se escudan en la Palabra de Dios, desde Testigos de Jehová a Mormones, desde la Ciencia Cristiana al Espiritismo moderno.

¿Qué mandamiento bíblico prohibe dar "razón de la esperanza que hay en vosotros" (1 Pedro 3.15)? Con el deseo de contribuir a la divulgación y comprensión de nuestra fe vamos a fijar aquí los más destacados principios que fueron conformando la base doctrinal del Movimiento desde sus orígenes hasta el posterior desarrollo:

La existencia de Dios, eterno, infinito, sin principio ni fin.

La plena divinidad de Cristo

La divinidad del Espíritu Santo.

La revelación de Dios en tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en igualdad de esencia y con funciones diferentes.

La inspiración total de la Biblia, desde Génesis a Apocalipsis.

La creación natural, animal y humana por parte de Dios en seis períodos de tiempo, siendo cada acto creativo directo e independiente.

La inocencia original del ser humano. El niño no viene al mundo pecador ni condenado, aunque su naturaleza posee capacidad de hacer el bien y el mal.

La condenación del hombre que en su estado natural ha desarrollado las potencias del pecado y permanece alejado de la gracia de Dios.

El deseo expreso de Dios de que todos los hombres sean salvos y lleguen conocimiento de la verdad divina.

La encarnación de Cristo con fines redentores, para tender un puente de comprensión entre el cielo y la tierra.

La concepción inmaculada de Cristo en el vientre de la Virgen María, quien engendró por obra del Espíritu Santo.

La vida perfecta de Cristo en la tierra, cuya existencia se desarrolló sin haber cometido un solo pecado.

Los padecimientos, muerte, resurrección y ascensión de Cristo, todo ello a fin de redimir a la raza humana.

El sacrificio de Cristo, con plena suficiencia en si mismo para la salvación del pecador.

El plan divino para la salvación del hombre, consistente en la fe, el arrepentimiento, la confesión y el bautismo por inmersión para la remisión de los pecados.

El gobierno congregacional de la iglesia, que reside en la independencia jerárquica de las congregaciones, gobernadas por los oficiales elegidos a nivel local.

El culto a Dios durante el primer día de la semana, que consta de cánticos, oraciones, ofrenda, impartimiento de los elementos conmemorativos de la última cena celebrada por Cristo y exposición de la Biblia.

La segunda venida de Cristo en gloria.

La resurrección y transformación de todos los muertos.

El arrebatamiento de la iglesia para recibir al Señor en el aire.

La inmortalidad del alma.

El gran juicio de Dios en la eternidad.

Los estados eternos de cielo e infierno, salvación y condenación.

La unidad de todos los cristianos bajo la única autoridad de Cristo y la restauración de la iglesia a su primitiva doctrina neotestamentaria.

En relación con el último punto expuesto hemos de añadir que los fundadores del Movimiento de Restauración se anticiparon en cien años a las pretensiones ecuménicas expuestas en 1910 en Edimburgo a favor de la unidad de las denominaciones evangélicas. Con la diferencia de que Thomas Campbell, Barton W. Stone y Alexander Campbell prescindían de estructuras jerárquicas y de nombres ostentosos. Para ello, la unidad no consistía en maridajes de compromisos más políticos que religiosos entre una y otra denominación. En lugar de esto apelaban a la conciencia individual del cristiano, exhortando a las almas a la única unión posible en Cristo, bajo el patrón del Nuevo Testamento.

Unas lineas más antes de acabar esta introducción: hasta donde sabemos, éste es el primer trabajo que se publica en español sobre el Movimiento de Restauración religiosa surgido en Estados Unidos a principio del siglo XIX. Absolutamente toda la documentación que hemos manejado está escrita en inglés. Esto ha hecho nuestra tarea más fatigosa, pero damos por olvidadas las dificultades vencidas si este libro contribuye, aunque sea en una pequeña medida, a conocer y comprender el más importante Movimiento de Restauración religiosa surgido en el siglo XIX.

Madrid, en el caluroso verano de 1986,

Juan Antonio Monroy


Capítulo 1

De Irlanda a Philadelphia

 

Down es un condado predominantemente agrícola enclavado en el norte de Irlanda. Actualmente tiene 2.446 kilómetros cuadrados y una población de 400,000 habitantes. Sus principales ciudades son Bangor, Newtownards y Newry. San Patricio, apóstol de Irlanda, inició aquí la evangelización de la isla allá por el año 432. En Struell, cerca de Downpatrick, se conserva un pozo del que, cuenta la leyenda, San Patricio solía beber. 

En el Giant Ring, círculo de piedras antiquísimas, muy visitado por los turistas, se han encontrado evidencias de asentamientos prehistóricos. Hacia finales del siglo XII el territorio fue invadido por los normandos, capitaneados por el barón Jean de Courci. Durante la dinastía Tudor - 1485 a 1603 - County Down fue colonizado por ingleses y escoceses, quienes implantaron en la región las doctrinas innovadoras del naciente protestantismo. 

Descendiente de aquellos escoceses era Archibald Campbell. Pertenecía a una familia católica. En 1758 los encontramos en Canadá. Como miembro del Ejército británico pelen a las órdenes del general James Wolfe. Tras la victoriosa expedición contra Quebec - 1759 - Campbell regresa a Irlanda, abandona la religión católica, ingresa en la Iglesia de Inglaterra y contrae matrimonio. 

La pareja formada por Archibald y su esposa tuvo ocho hijos: cuatro niñas que murieron en la infancia y cuatro varones: Thomas, James, Archibald y Enos. Thomas, el primogénito, nació el 1 de febrero de 1763. La prestigiosa Enciclopedia británica, que dedica tres páginas y media a la obra religiosa de Campbell, confirma esta fecha.

Los cuatro hijos varones de Archibald Campbell recibieron una excelente educación en inglés. Thomas ingresó a los 19 años en la Universidad de Glasgow, en Escocia. Para los antiguos escoceses el patriotismo era religión. Los jóvenes nacidos en otras tierras, aunque éstas fueran tan cercanas y tan parecidas como las de Irlanda, eran empujados hacia el solar de los antepasados.

En la Universidad, Campbell se entregó al estudio de las humanidades. Le atraía apasionadamente la literatura. Dedicó atención especial al griego y al latín, idiomas que llegó a dominar con bastante habilidad. Lester McAllister dice que "de todos los líderes del Movimiento de Restauración, Thomas Campbell era el más culto". Conocía los clásicos griegos y sabía mucho de literatura inglesa y francesa.

Graduado de la Universidad, Thomas Campbell decidió consagrar su vida al ministerio religioso. La vocación estaba en él definitivamente marcada. Un día, en plena juventud, paseando solitario los campos de Escocia, "pedía a Dios con angustia de alma que le diese a conocer su voluntad... Después de un tiempo advirtió que una paz de origen celestial inundaba todo su ser. El amor de Dios le tocó el corazón de tal manera que no tuvo duda alguna de su elección". Esta experiencia fue seguida por una vida de consagración, oración y servicio a la causa divina. 

Entristecido y desanimado por la frialdad espiritual, el ritualismo y la excesiva jerarquización de la Iglesia de Inglaterra, a la que pertenecían sus padres y hermanos, Thomas Campbell decidió comulgar y trabajar con grupos más fundamentalistas.

Por aquellas fechas existía en Escocia e Irlanda la llamada Iglesia Secesionista, fundada hacia 1730 por relevantes personalidades religiosas que abandonaron la Iglesia de Escocia, entre ellas Ebenezer Erskine, uno de sus líderes principales. En 1785, cuando Campbell tenía 22 años, la Iglesia Secesionista se dividió en dos facciones llamadas en inglés Burghers y Anti-burghers. Estos últimos creían que bajo ningún concepto debía prestarse juramento, ni entre amigos, ni a las autoridades locales o nacionales, ni siquiera a los presidentes de gobierno o jefes de Estado. Afirmaban que ambas partes de la Biblia condenan semejante práctica. Los Burghers, en cambio, exigían a los miembros de sus Iglesias una declaración jurada de fidelidad antes de ser aceptados como tales.

Posteriormente ambos grupos se dividieron en New Lights y Old Lights (Nuevas Luces y Viejas Luces) por una disputa en torno al significado de los pactos divinos mencionados en la Biblia, 

Thomas Campbell, inclinado siempre hacia posiciones conservadoras, tomó partido por los Old Lights en el bando de los Anti-burghers. En aquellos pueblos europeos sacudidos por las divisiones religiosas, el joven Campbell adquirió una experiencia que habría de serle muy valiosa en el Nuevo Mundo.

En 1840, todos los grupos salidos de la Iglesia Secesionista se unieron al Sínodo del Ulsster y formaron la Iglesia Presbiteriana de Irlanda.

Concluidos los estudios en la Universidad de Glasgow, Thomas Campbell ingresó en una Escuela de Teología que su denominación operaba en Whitburn, pequeña ciudad enclavada al pie de las montañas Pentland, junto al río Almond, en la línea del ferrocarril Edimburgo-Glasgow.

Durante cinco años permaneció en la citada institución estudiando a fondo la Biblia. No era su costumbre elegir un texto aquí y otro más allá en apoyo de sus intenciones. Campbell investigaba la Palabra de Dios en su conjunto para estar seguro de la totalidad del magisterio divino. 

Graduado en la Escuela de Teología, Thomas Campbell regresó a Irlanda, donde el Sínodo de su iglesia ordenó al pastoreado. Inmediatamente inició un ministerio activo como predicador y maestro en distintas ciudades irlandesas. 

Por aquel entonces conoció a Jane Corneigle, joven hermosa, miembro de una familia de hugonotes cuyos antepasados se asentaron en el condado de Antrim, junto al lago Neagh, en el norte de Irlanda. 

Jane y Thomas contrajeron matrimonio en junio de 1787. Quince meses después, el 12 de septiembre de 1788, nació el primer hijo, Alexander, quien llegaría a convertirse en figura destacada del Movimiento de Restauración.

Al primer hijo siguieron otros seis. Después de Alexander nacieron tres niñas, Dorothea, Nancy y Jane; luego dos varones, Thomas y Archibald, y finalmente otra niña, Alicia.

Por entonces la familia vivía en un pequeño pueblo llamado Rich Hill, en el condado de Armagh. Thomas Campbell pastoreaba una iglesia en Ahorey, tres kilómetros distantes del lugar de residencia. Al propio tiempo dirigía una pequeña escuela dedicada a la formación de pastores, en su mayoría del propio condado. 

Aquí, en Rich Hill, se gestó la aventura de América. ¿Qué causas motivaron el desplazamiento a los Estados Unidos? Hay quienes ven en este viaje un deseo de extender su vocación misionera a las tierras del Nuevo Mundo. Otros afirman que la razón principal fue una crisis en la salud de Thomas Campbell. Los médicos aconsejaron un cambio de clima y el hombre de Dios, tal vez pensando en lo mucho que podría aportar a los nuevos pobladores de aquellas tierras, eligió Estados Unidos.

El 8 de abril de 1807, a los 44 años de edad, Thomas Campbell embarcó hacia la nueva tierra de promisión. Tras un viaje de 35 días desembarcó en Philadelphia. El 1 de octubre de 1808 la familia salió de Irlanda para reunirse con él. Una fuerte tormenta hizo naufragar la embarcación y los pasajeros fueron llevados a Escocia. Un nuevo intento realizado en el verano de 1809 fue más positivo. La señora Campbell y sus siete hijos abandonaron Escocia el 4 de agosto de 1809 y llegaron al puerto de Nueva York el 29 de septiembre. De aquí viajaron a Pennsylvania, donde Thomas Campbell pudo abrazar a u esposa y a sus hijos tras dos años de separación. Dos años vividos intensamente por Thomas Campbell: discusiones religiosas, dudas doctrinales, problemas eclesiásticos, cambios y alternativas. Las concepciones cristianas de Campbell habían experimentado profundas transformaciones en los dos últimos años de su vida. La fe inquieta suele eludir los límites de un sistema.


 

Capítulo 2

Decadencia y avivamiento religioso en Estados Unidos 

Los primeros grupos de colonizadores que llegaron a lo que hoy son los Estados Unidos de Norteamérica pusieron especial interés en subrayar que la práctica y la difusión de la religión eran "el primero y principal propósito" que perseguían en el nuevo territorio. El 30 de junio de 1620 tuvo lugar en Jamestown (Virginia) la primera gran asamblea de colonos ingleses. Entre las treinta y cuatro leyes que se votaron, doce tenían que ver con la Biblia y la vida religiosa. Veinte años más tarde, en 1640, se abría en América el primer "colegio", que llevaba el nombre de John Harvard, convertido hoy día en la más famosa Universidad de los Estados Unidos. De aquí salieron muchos ministros religiosos, con una gran preparación bíblica, que se dedicaron a fomentar el espíritu cristiano por todo el país. La joven nación crecía a la sombra de la cruz y amparada en la Biblia. La indiferencia religiosa en todo el siglo XVII, contrariamente a lo que ocurría en Europa, no se conocía casi.

Hacia finales del siglo XVII y principios del XVIII se produjo en el país un terrible colapso religioso. Las iglesias quedaron vacías y la fe completamente desacreditada. Dorchester ha descrito esta época como "el período de más oscuridad moral y espiritual en la historia del cristianismo americano". 

El trágico declive religioso tuvo varias causas, entre ellas la inestabilidad política, una economía muy fluctuante y la introducción en el país del racionalismo francés. Los libros de Voltaire eran leídos en avidez por los norteamericanos de cultura media y por las elites intelectuales. También se leía y discutía a Volney, Paine, Rousseau y otros. Las famosas biografías de Jesucristo de Renan y Rousseau, prácticamente desconocidas en el país e introducidas por los militares franceses, hicieron estragos entre la juventud estudiantil.

Por otro lado, las guerras con los indios, con los franceses, con los ingleses y la revolución americana crearon un clima de inmoralidad de vicio, especialmente fomentado por los soldados franceses e ingleses. Se formaron numerosos clubs en todo el país para estudiar la literatura atea, y muchas ciudades tomaron nombres de ateos famosos. Libros como "El sistema de la naturaleza", "El diccionario filosófico", "La justicia política", "La Edad de la Razón" y otros semejantes sustituyeron a la lectura de la Biblia.

"Las iglesias - escribe James de Forest - eran impotentes". La Biblia llegó a ser virtualmente un libro cerrado para las masas. Amargos debates se sucedían en todas partes, acentuando las divisiones y el sectarismo. En tres años, de 1793 a 1795, los metodistas sufrieron un gran descenso, perdiendo cuatro mil miembros por año. Las demás denominaciones experimentaron también una gran pérdida de miembros. Los ministros religiosos abandonaron sus ocupaciones habituales buscaron empleos seculares. La situación de la Iglesia Episcopal llegó a ser tan desesperada que el obispo de Nueva York presentó su dimisión por extender que el fin de la iglesia estaba próximo. El obispo Madson, de Virginia, compartía la opinión del ministro de Justicia, Marshall, en el sentido de que el decaimiento de la iglesia era demasiado profundo para esperar un "avivamiento". 

Dios, sin embargo, no pensaba igual. Lo que parecía imposible se produjo. El gran avivamiento religioso que conoció América durante el siglo XIX abarcó de 1800 a 1860. Burns, en su libro "Avivamiento: sus leyes y líderes", describe el período trágico que lo precedió. Dice que, no obstante la corrupción moral y la infidelidad religiosas del pueblo americano, existía una minoría fiel, la que nunca dobla sus rodillas ante Baal, que oraba a Dios y pedía por un cambio de situación en las iglesias y en la vida del país. Un grupo de veintitrés líderes religiosos de Nueva Inglaterra publicó una carta circular, que fue ampliamente distribuida, en la que se pedían oraciones a favor de un avivamiento.

El doctor Edward O. Griffin, presidente del Williams College y gran autoridad en materia religiosa, fija la fecha del histórico despertamiento espiritual en 1792. El avivamiento empezó en Nueva Inglaterra y se extendió como un gigantesco incendio por todo el país, alcanzando tanto a las iglesias como a los centros educativos. Timothy Dwight, presidente de la Universidad de Yale, es citado como principal líder del avivamiento religioso entre los estudiantes. En 1796 Dwight, tomando como texto Colosenses 2.8, habló a los estudiantes de su Universidad sobre "La naturaleza y el peligro de una filosofía infiel". El resultado de aquel discurso fue una consagración casi masiva de todos los estudiantes a Cristo. 

Muchos son los nombres que se citan como principales responsables del avivamiento religioso en América. La lista se haría interminable. Entre los más conocidos figuran Jonathan Edward, uno de los precursores; Barton W. Stone, James McGready, William McGee, William Hodge, Robert Marshall, John Rankin, etc.

Describiendo los efectos del avivamiento, McGready dice: "En el Estado de Kentucky, las multitudes se reunían al aire libre en el verano y en los locales cerrados en invierno y permanecían durante días y noches orando y escuchando la palabra de Dios. Los hombres se arrodillaban durante horas interminables o caían al suelo confesando sus pecados e implorando el perdón de Dios".

Stone, en su autobiografía, añade: "He visto a muchos creyentes caer al suelo en intensa agonía espiritual, pidiendo misericordia para sus hijos incrédulos, para sus hermanos, padres o simplemente conocidos. Los he visto llorando y gritando, pidiendo a Dios que los salvara de la condenación del mundo".

Para 1850, las iglesias de todas las denominaciones habían multiplicado extraordinariamente el número de sus miembros. En 1800 existía en el país una iglesia por cada 1, 751 habitantes y un ministro por cada 2,001. Cincuenta años después, la proporción era de una iglesia por cada 538 habitantes y un ministro por cada 900.

No sólo el número de iglesias creció de forma insospechada, sino que además se fundaron bastantes institutos, escuelas, seminarios y universidades para la preparación de ministros religiosos. Entre ellos, Andover, Bangar, Auburn, Yale, Union, Newton y otros muchos. Todos, entre 1800 y 1850.

Se crearon además importantes sociedades misioneras y numerosas organizaciones para la distribución de la Biblia, como la Sociedad Bíblica Americana, fundada en 1816; la Sociedad Americana de Tratados, en 1825, y la Unión Americana de Escuelas Dominicales en 1824.

El avivamiento religioso produjo un gran impacto moral en todo el país. Los bares empezaron a cerrar sus puertas, numerosos estados declaran la ley seca, el vicio decreció notablemente y la influencia religiosa mejoró en mucho la vida social, económica y hasta política de los Estados Unidos de Norteamérica.


Capítulo 3

Stone y "La última voluntad y el testamento"

 

Figura importante de este período y co-fundador con Thomas Campbell del Movimiento de Restauración fue Barton Warren Stone. Luther Weigle, profesor en la famosa Universidad de Yale, dijo en 1954 que Stone figura con honores propios entre los líderes religiosos del siglo XIX en América: "Stone vio claramente que la unidad cristiana es más que un simple acuerdo o que la interpretación bíblica de un credo particular. La unidad cristiana es únicamente posible cuando se posee el espíritu de Cristo..." 

Barton W. Stone nació el 24 de diciembre de 1772 en Port Tobacco, pequeño pueblo enclavado en el condado Charles, al sur del estado de Maryland. Tenía nueve años menos que Thomas Campbell. Sus padres, John y Mary, pertenecían a la Iglesia de Inglaterra, convertida desde 1692 en Iglesia oficial del estado de Maryland. Siguiendo las doctrinas del anglicanismo, fue bautizado por aspersión poco después de haber nacido.

El padre de Barton murió cuando el niño tenía sólo tres años, dejando a la viuda al cuidado de los ocho hijos, siete varones y una hembra. En Ponca City, en el estado de Oklahoma, existe un monumento dedicado a honrar la memoria de las mujeres de los pioneros americanos. Con una voluntad indomable, aquellas mujeres supieron vencer las adversidades de una vida primitiva y se convirtieron en puntales firmes de la familia. En el monumento referido, una mujer camina con un niño de la mano izquierda, la Biblia en la derecha, apretada contra el pecho, y la mirada alta, puesta en el infinito de Dios.

En 1779 la madre de Stone decidió el traslado de toda la familia al estado de Virginia, cerca del río Dan, casi en los límites geográficos con Carolina del Norte. Los biógrafos de Stone dicen que siempre se consideró virginiano.

A los 18 años Stone ingresó por decisión propia, en una institución universitaria muy conocida y respetada en los estados del Sur, la David Caldwell Academy, situada cerca de Greensboro, en Carolina del Norte. Caldwell era pastor presbiteriano, graduado en 1762 en la Universidad de Princeton. Aun cuando en su Academia se impartían materias seculares, la religión ocupaba a un lugar destacado. De allí salieron predicadores famosos, entre ellos James McGready, a quien Dios utilizó grandemente en masivas campañas de avivamiento, como se ha citado en el capítulo anterior.

El joven Stone llegó a la Academia con escaso interés por los temas religiosos; estaba principalmente interesado en adquirir una buena preparación secular. ¿Por qué, entonces, ingresó en aquella institución? ¿Equivocó el lugar o Dios se manifestaba mediante designios que a él mismo eran desconocidos? El hombre, decía Tostoi, puede ignorar la religión, como puede ignorar que tiene corazón; pero sin religión, como sin corazón, el hombre no puede existir. 

La atmósfera de la Academia y la influencia de los estudiantes se impusieron a la indiferencia religiosa de Stone. Un día escuchó a James McGready hablar del amor de Dios y quedó fuertemente impresionado. Asistió a otras reuniones de avivamiento y en la primavera de 1791 decidió entregar su corazón a Dios. Tenía entonces 19 años. En su autobiografía, Stone refiere su conversión con estas palabras: "Confesé al Señor mi pecado por haber ignorado tanto tiempo su palabra y por haber seguido consejos de hombres. Me regocijé al comprobar que un pobre pecador podía creer en Jesús y beneficiarse de la salvación provista por Él". 

Ser salvo es bueno; predicar la salvación es mejor. Stone entendió este axioma y eligió el camino del ministerio cristiano, dando preferencia al estudio de la Biblia. La elocuencia natural en él, su forma de dirigirse a las personas, la profundidad bíblica de sus sermones y la pasión que demostraba por las almas perdidas hicieron de Stone un predicador solicitado en todos los estados del Sur, donde principalmente desarrollaba su ministerio.

Aun cuando por entonces era miembro de la Iglesia Presbiteriana, entendía y proclamaba que el Cristianismo de Cristo no podía fraccionarse en denominaciones. Estaba en desacuerdo con algunos puntos doctrinales del presbiterianismo. El tema del bautismo le preocupaba hondamente. El día de su ordenación como pastor presbiteriano le fue preguntado por el presidente del Sínodo: "¿Reciba y adopta usted la Confesión de Fe proclamada en Westminster?" Stone respondió con voz clara y fuerte en presencia del numeroso público que asistía a la ceremonia: "La aceptó, siempre que esta Confesión se ajuste a lo que enseña la Palabra de Dios".

El 2 de julio de 1801, a los 29 años, Stone contrajo matrimonio con Eliza Campbell, joven "pía y comprometida en tareas religiosas", hija de un coronel del Ejército. La boda tuvo lugar en Greenville, estado de Kentucky. El matrimonio se trasladó a Cane Ridge, en el mismo estado, donde Stone había construido una casa. Eliza falleció nueve años más tarde, el 30 de mayo de 1810, dejando cinco hijos. En octubre de 1811 Stone contrajo nuevo matrimonio con una prima de su anterior mujer, Celia Wilson. De los dos matrimonios le nacieron diecinueve hijos. Once murieron en la niñez. De los ocho restantes tuvo cuarenta y nueve nietos. 

Las dudas doctrinales de Stone fueron en aumento a medida que estudiaba la Biblia y predicaba. Cuando más se dilata nuestro conocimiento de la Biblia, tanto más se restringe el círculo de doctrinas humanas. Earl Irvin West dice que la Iglesia Presbiteriana de aquellos días, de la que Stone era miembro destacado, enseñaba un Calvinismo radical: "El hombre es un ser depravado; absolutamente nada puede hacer para obtener la salvación. Ha de esperar a que Dios se digne pensar en él y lo incluya en el grupo de los elegidos. Si no lo hace, el hombre no tiene alternativa posible se condena sin remisión".

Frente a estas posiciones oscuras, Stone y otros líderes presbiterianos sostenían que Dios quiere la salvación de todo el género humano; que el evangelio es poder de Dios para salvación; que el Nuevo Testamento contiene suficientes evidencias de la gracia de Dios para motivar la fe; que si el hombre busca, cree y obedece el evangelio de Cristo, puede ser salvo.

El 7 de septiembre de 1803 se reunió el Sínodo de la Iglesia Presbiteriana en Kentucky para tratar de las "perniciosas y peligrosas ideas" sostenidas por Stone y otros. Los debates duraron varios días. El 13 de septiembre el Sínodo decidió la separación de Stone de la Iglesia Presbiteriana "por su negativa a volver a las doctrinas y al patrón de la Iglesia". Con Stone salieron otros cinco líderes: Marshall, McNemar, Thompson, Dunlavy y Purviance.

El grupo redactó un documento que fue enviado a las iglesias presbiterianas. En el mismo se explicaban las razones de su separación. Este documento fue conocido como "Apología del Presbiterio de Springfield". Con su salida de la Iglesia Presbiteriana Stone renunció a la destacada posición que tenía en ella y a un sueldo elevado. En las congregaciones donde había predicado explicó que continuaría haciéndolo, pero independiente de la tutela presbiteriana, bajo la sola autoridad de la Biblia.

Stone y los cinco amigos mencionados formaron un nuevo Presbiterio y se dedicaron a una intensa labor de evangelización. En menos de un año establecieron quince congregaciones, siete en Ohio y ocho en Kentucky. Sin embargo, ante el temor de que la nueva institución se convirtiera en una organización más, con todos los defectos y limitaciones inherentes a la realizaciones humanas, decidieron disolverla. Fue entonces cuando apareció un documento que forma parte de los clásicos en el Movimiento de Restauración: "The last will and testament of the Springfield Presbitery". ("La última voluntad y el testamento del Presbiterio de Springfield").

Aun cuando fue publicado con los nombres de los seis que habían dado vida a la organización, la paternidad literaria del mismo se atribuye a Stone y a McNemar. Algunos autores consultados creen que Stone fue el único redactor del documento. En menos de ochocientas palabras que tiene el texto original inglés, Stone denuncia las ideas humanas introducidas en la iglesia, aboga por una forma de vida eclesiástica más conforme con los principios del Nuevo Testamento u hace un vibrante llamamiento a la unidad de los cristianos. "La última voluntad y el testamento del Presbiterio de Springfield" puede parecernos a nosotros, hispanos del año 2000, un documento particular, localista, insuficiente. Pero hemos de tener en cuenta la fecha y las circunstancias históricas de su redacción, así como los motivos concretos que lo inspiraron.

A partir de entonces Stone prosiguió su obra de evangelización con nuevos ímpetus y renovada visión. El ministerio evangelístico de Stone se desarrolló principalmente en Kentucky, aunque sus campañas le llevaron a otros estados de la nación. Con frecuencia recibía noticias de la formación de nuevas congregaciones afines a sus principios. Stone exhortaba a sus líderes a permanecer independientes de filiaciones humanas, sujetos sólo a las enseñanzas de la Biblia.

Los cinco dirigentes que le siguieron al romper con la Iglesia Presbiteriana, Marshall, McNemar, Thompson Dunlavy y Purviance, fueron inconstantes en el mantenimiento de sus principios y se unieron a distintos cuerpos denominacionales. En cambio, la figura de Barton W. Stone se hizo tremendamente popular. Era apreciado por el trabajo que desarrollaba y por la sinceridad de sus convicciones. Creía que el ser humano no viene al mundo con una naturaleza pecaminosa. El hombre no hace bueno ni malo, pero con inclinaciones al bien y al mal. El pecado de Adán no decide la condenación desde el nacimiento. 

En los primeros años de su ministerio fuera de la Iglesia Presbiteriana, Stone concedía poca importancia al tema del bautismo. Lo consideraba un acto opcional. Solía poner el énfasis de su predicación en la vida interior. Sin embargo, llegó el momento de enfrentarse seriamente con el tema. Por un lado, recibía consultas continuas de parte de las personas a quienes predicaba; querían saber si debían ser bautizadas por inmersión o les bastaba el bautismo recibido en la niñez. Por otro lado, un íntimo amigo suyo, Robert Marshall, antiguo líder presbiteriano, había legado a la conclusión de que el bautismo del Nuevo Testamento sólo autoriza la inmersión. Stone y Marshall estudiaron detenidamente el tema en los originales griegos de la Biblia y hallaron que, efectivamente, las enseñanzas de Jesús y de sus discípulos no dejan lugar a dudas respecto al bautismo por inmersión. Una tarde se reunieron Marshall, Stone y varios líderes más de aquel naciente movimiento y procedieron a un bautismo mutuo. Stone fue bautizado por Roberto Marshall. En adelante, Hechos 2.38, que establece el bautismo por inmersión para la remisión de los pecados, llegó a convertirse en el texto favorito de Stone. 

En su libro, "Restoration Principles and Personalities", D. Phillips recoge el siguiente juicio de E. E. Snoddy: "A Stone pertenece la prioridad en el tiempo, prioridad en la experiencia americana, prioridad en el ideal de unidad, prioridad en la evangelización, prioridad en la independencia de su movimiento, prioridad en la total repudiación del sistema teológico del Calvinismo y, finalmente, prioridad en la sacrificada devoción a su causa".


Capítulo 4

Campbell y la "Declaración y alocución"

Los movimientos religiosos serios y duraderos no se hacen con agua de rosas. La fe no se engendra ni se propaga desde los palacios, sino a la sombra de la cruz. El sufrimiento va unido a la acción. Los hombres que originaron el Movimiento de Restauración sembraron sus ideas con lágrimas, argumento más convincente que la fría palabra.

Cuando Thomas Campbell llegó a los Estados Unidos a mediados de mayo de 1807, fue recibido por el Sínodo Presbiteriano de Philadelphia, ante el que presentó las cartas credenciales que llevaba consigo de Irlanda. Inmediatamente se le asignó el pastorado de una importante congregación en la zona este del estado. La Iglesia Presbiteriana estaba satisfecha con el nuevo ministro llegado de Europa, pero el sentimiento no era recíproco. La dudas que le habían asaltado en Irlanda respecto a doctrinas y prácticas de la denominación a la que servía, aumentaron en Estados Unidos. Thomas Campbell, hombre de convicciones profundas, sabía que es menos malo agitarse en la duda que descansar en el error. Su amor a la verdad impartíale fuerza al espíritu.

Por aquellos días ocurrió un incidente que hizo explosionar la ya tensa situación. Thomas Campbell fue enviado por sus superiores jerárquicos a visitar familias presbiterianas aisladas en comarcas del río Allegheny, en la región de Pittsburgh. Le acompañaba otro pastor llamado William Wilson. Al primer culto dominical asistieron personas pertenecientes a varias denominaciones. Se había anunciado la administración de la Santa Cena, ceremonia que se efectuaba muy de tarde en tarde, cuando llegaba a aquellos lugares algún ministro debidamente ordenado. El Sínodo Asociado de la Iglesia Presbiteriana en Norteamérica había emitido un documento en 1796 mediante el que prohibía terminantemente impartir la comunión a miembros de otras denominaciones. Thomas Campbell hizo caso omiso de este documento; invitó a todos los presentes a participar de los símbolos de la Santa Cena y predicó un vibrante sermón en contra de las divisiones denominacionales y a favor de la unidad en la iglesia.

William Wilson, el acompañante de Campbell, le denunció ante el Sínodo. En una reunión del mismo, celebrada a finales de octubre de 1807, Campbell fue acusado de desviarse de la ortodoxia doctrinal de la Iglesia Presbiteriana. Siguieron meses de enfrentamientos entre Campbell y representantes del Sínodo. El 14 de septiembre de 1808 Thomas Campbell decidió el rompimiento mediante una carta enviada al Sínodo. En la misma declinaba todas sus responsabilidades ministeriales con el Sínodo Asociado de la Iglesia Presbiteriana en Norteamérica, quedando desvinculado de la denominación a todos los efectos. Siguieron meses de reuniones, discusiones y consultas por ambas partes. La reconciliación fue imposible. El 23 de mayo en 1809, unos dos años después de su allegada a los Estados Unidos, Thomas Campbell quedó oficialmente apartado de la Iglesia Presbiteriana.

Los acontecimientos posteriores fueron rápidos y decisivos. Los planes de Dios funcionaron con precisión matemática. Las nubes de Proverbios, cargadas de agua bienhechora, derramaron el líquido sobre aquella tierra sedienta. Finalizando el verano de 1809 tuvo lugar una importante reunión en el hogar de Abraham Altars, situada cerca de Mount Pleasant, en el estado de Pennsylvania. Era una casa de campo amplia, espaciosa.

Allí se congregó un selecto grupo de hombres y mujeres, unidos todos por un mismo afán: restaurar la iglesia de Cristo a sus fuentes primitivas y trabajar para conseguir la unión de todos los cristianos en un solo Cuerpo, gobernados por una sola Cabeza: Cristo.

Thomas Campbell inició la reunión con un discurso inspiradísimo y bien documentado. Hizo historia de su ministerio religioso, habló del rompimiento con la Iglesia Presbiteriana, dio a conocer su determinación de dedicar el tiempo y las energías a predicar el retorno de los cristianos a las enseñanzas puras y simples de Cristo, y concluyó con estas históricas palabras: "Hablaremos donde la Biblia habla y callaremos donde la Biblia calle. Llamaremos las cosas bíblicas por sus nombres bíblicos".

Este fue el inicio formal del Movimiento de Restauración. Robert Richardson, en su libro "Memoirs of Alexander Campbell", dice que aquella reunión marcó un momento histórico: "El principio de una reforma que ha producido importantes cambios en la sociedad religiosa de una gran parte del mundo". Los cimientos estaban echados. El Movimiento cristalizaba. El 17 de agosto de 1809 tuvo lugar otra importante reunión de sus líderes en Buffalo Creek. Allí se decidió la constitución de una organización llamada "Asociación Cristiana de Washington". Se nombró un equipo de veintiuna personas para que colaboraran con Thomas Campbell en la redacción de un documento que expusiera los principios, propósitos y programa de la Asociación. Thomas Campbell acometió la redacción del documento en casa de un tal Dr. Welch, en una habitación solitaria situada en la planta superior de la casa.

El 7 de septiembre de aquel año quedó finalizado el documento, que llevaba por título "Declaration and Address" ("Declaración y Alocución"). Campbell lo leyó al resto del grupo y fue aprobado por unanimidad, decidiéndose la inmediata impresión del mismo. Mucho de lo que se lee sin esfuerzo alguno ha sido escrito con gran esfuerzo. Esto no lo suele advertir el lector. Thomas Campbell escribió su "Declaración y Alocución" con la sangre del corazón, poniendo al descubierto los secretos de su alma.

El documento, convertido por el tiempo en un clásico de la literatura religiosa, citado en las más importantes Enciclopedias del mundo, consta de tres partes principales: la "Declaración" establece los motivos que dieron lugar a la constitución de la Asociación Cristiana de Washington; la "Alocución" fija los principios para la unidad de todos los cristianos en un solo Cuerpo y bajo una sola autoridad: Cristo; el "Apéndice" fue redactado por Campbell para aclarar algunos conceptos de la "Declaración" y responder a posibles objeciones.

Frederick D. Kershner, en su libro "How to promote Christian unity", sintetiza el contenido de la "Declaración y Alocución" en las trece proposiciones siguientes:

1. Que la iglesia de Cristo es esencial, intencional y constitucionalmente una.

2. Que aun cuando esta unidad presupone y permite la existencia de sociedades o congregaciones separadas, debe haber una perfecta armonía y unidad de espíritu entre ellas.

3. Que la Biblia es la única autoridad de fe y de práctica para los cristianos.

4. Que sólo el Antiguo y el Nuevo Testamentos contienen los fundamentos acreditados de la iglesia de Cristo.

5. Que ninguna autoridad humana tiene poder para enmendar o cambiar la constitución y las leyes originales de la iglesia.

6. Que las inferencias y deducciones derivadas del estudio de la Biblia, por valiosas que sean, no deben imponerse a las conciencias de los cristianos.

7. Que las diferencias de opiniones resultantes de dichas interpretaciones no deben tomarse como principios para determinar la comunión o participación en el culto.

8. Que la fe en Jesucristo como Hijo de Dios es profesión suficiente para que un hombre o una mujer lleguen a ser miembros de la iglesia de Cristo.

9. Que todos los que lleven a cabo semejante profesión y manifiesten la sinceridad de su fe mediante su conducta, han de amarse unos a otros como hermanos miembros de un mismo cuerpo y coherederos de una misma herencia.

10. Que las divisiones entre cristianos son anticristianas, antibíblicas, antinaturales y, por tanto, deben ser aborrecidas.

11. Que el abandono de la voluntad revelada de Dios y la introducción de innovaciones humanas han sido las causas de todas las divisiones y corrupciones en la iglesia de Dios.

12. Que todo lo que se requiere para asegurar un estado de alta pureza y de perfección en la iglesia es restaurar las ordenanzas y constituciones originales tales como se hallan en el Nuevo Testamento.

13. Que si determinadas circunstancias aconsejaran establecer principios extraños al programa del Nuevo Testamento, han de ser observados estrictamente como opiniones humanas; de ninguna manera estos principios podrán tener en el seno de la iglesia otra autoridad que la permitida por el carácter falible de sus orígenes.

La "Declaración y Alocución" fue muy bien recibida en casi todos los círculos evangélicos de Estados Unidos, excepto en la Iglesia Presbiteriana, donde el documente fue calificado de herético. Hoy, casi doscientos años después, la "Declaración y Alocución" está considerado como uno de los grandes escritos religiosos de la humanidad. Lástima que sea tan poco leído. Incluso entre líderes de la iglesia de Cristo existe un lamentable e imperdonable desconocimiento de su valioso contenido. Este documento, que es a la vez poesía, profecía y religión, no debería faltar en ningún hogar cristiano.

 


Capítulo 5

Un movimiento en marcha 

La primera mitad del siglo diecinueve fue vital para el Movimiento de Restauración religiosa en los Estados Unidos, que de hecho había dado sus primeros pasos en Europa. Thomas Campbell y sus amigos comprendieron pronto, afortunadamente para ellos y para nosotros, que la "Asociación Cristiana de Washington" no podría servir con fidelidad a sus propósitos evangelísticos a menos que sus miembros se integraran en una iglesia organizada según el modelo del Nuevo Testamento.

El evento histórico tuvo lugar el sábado 4 de mayo de 1811. Reunidos los componentes de la Asociación en la casa de campo cerca de Mount Pleasant, ya citada en el capítulo anterior, acordaron constituirse en iglesia local, siguiendo una forma de gobierno congregacional. Thomas Campbell fue nominado anciano y a su hijo Alexander, que por entonces contaba 23 años, se le concedió licencia para predicar. Al día siguiente, domingo, la nueva iglesia decidió celebrar la Cena del Señor tal como fue instituida por Cristo. En el futuro, los elementos simbólicos de la Santa Cena serían ofrecidos a la congregación cada domingo, por entender que ésta era la práctica que seguía la iglesia primitiva.

¿Fue ésta la primera iglesia local establecida por el naciente Movimiento? La respuesta parece afirmativa. En ello coinciden todos los historiadores consultados. Sin embargo, los principios restauradores no se aplicaron de forma concluyente desde el inicio. Hubo un proceso de estudio y de aplicación de las prácticas neotestamentarias. Como observamos en el caso de Stone, tampoco Thomas Campbell ni los demás dirigentes del Movimiento tenían ideas claras acerca del bautismo. Procedentes casi todos ellos de la Iglesia Presbiteriana, continuaban administrando el bautismo de infantes.

El primer paso en el cambio de formas lo dio Alexander Campbell, considerado por unos autores tan importante como su padre en la tarea de restauración religiosa y por otros autores más importante aún, situándole a la cabeza del Movimiento. Antes de embarcarse para los Estados Unidos a fin de reunirse con su padre, Alexander Campbell estudió en la Universidad de Glasgow, en Escocia, cursos de griego, latín, francés, lógica, bellas artes, literatura y otros. Desde niño vivió una vida profundamente espiritual. Su único deseo era servir a Dios en el ministerio que Él decidiera. Cuando llegó a Estados Unidos era un joven alto, fuerte. Inmediatamente se identificó con los problemas que vivía su padre y se unió a él en los esfuerzos por lograr la restauración doctrinal y espiritual de la iglesia del Nuevo Testamento. Cuando se produjo el rompimiento con la Iglesia Presbiteriana, a la que Alexander pertenecía también, se sintió atraído por los bautistas. Aunque no compartía algunas de sus doctrinas, los veía más cerca del Nuevo Testamento que a los presbiterianos.

Alexander Campbell contrajo matrimonio el 12 de marzo de 1811 con una joven llamada Margaret Brown, hija de un próspero hombre de negocios del estado de Virginia. Un año después, el 13 de marzo de 1812, nació al matrimonio la primera hija, Jane. inmediatamente surgió el tema del bautismo. Los jóvenes padres no estaban seguros de que debieran bautizar a la niña. El tema, que Alexander había planteado en varias ocasiones de forma teórica, encarnaba ahora en su propio hogar. Le afectaba directamente.

Reunió cuantos libros pudo a favor y en contra del bautismo de niños. Estudió los originales griegos del Nuevo Testamento y llegó a la conclusión de que el único bautismo practicado en la iglesia primitiva era el de inmersión. Comentó el tema con su esposa y con algunos amigos íntimos. Finalmente, después de mucho meditar y orar, se puso en contacto con un predicador bautista llamado Matthias Luce y le pidió que oficiara el rito del bautismo por inmersión. El acto quedó fijado para el día 12 de junio de 1812. Alexander y su hermana Dorothea se dispusieron a cumplir con lo establecido en el Nuevo Testamento. Cuando ya estaba iniciada la reunión llegaron Thomas Campbell, su esposa y otras tres personas. Los siete fueron sumergidos en las aguas del bautismo por Luce, en presencia de un numeroso grupo de testigos. Concluida la ceremonia hablaron Thomas y Alexander Campbell. Luego le hicieron otros predicadores presentes. Aquella memorable reunión, calificada por West de gloriosa, duró siete horas. 

Tras la aceptación del bautismo por inmersión, los líderes del Movimiento de Restauración recibieron numerosas invitaciones para predicar en Iglesias Bautistas. Alexander mantuvo con estas iglesias y con la Asociación Bautista de Estados Unidos relaciones más estrechas que su padre, pero sin llegar nunca a la integración total. Los impulsores del nuevo Movimiento decidieron continuar su trabajo por separado. Alexander destacó pronto como el ideólogo y motor principal de aquella restauración religiosa. El 30 de agosto de 1816, ante una convención de pastores bautistas, pronunció un sermón sobre la ley y la gracia basado en Romanos 8.3, que causó una gran impresión en los círculos evangélicos del país. Fue éste el inicio de un ministerio particular que pronto tuvo repercusión y reconocimiento nacional. 

Al mismo tiempo que se producían los acontecimientos mencionados, Barton W. Stone proseguía incansable su tarea evangelizadora. Fundó congregaciones locales e independientes en varias regiones del país; inició la publicación de una revista mensual titulada "The Christian Messenger" ("El Mensajero Cristiano") y dedicaba parte de su tiempo a la enseñanza. El primero número de "El Mensajero Cristiano" llevaba esta inscripción en la página frontal: "Que la unidad de los cristianos sea nuestra estrella polar". Este mismo propósito animaba a los Campbell y demás líderes del Movimiento de Restauración. Cuando las fuerzas se unen aumentan las posibilidades de éxito. La alianza entre las dos columnas principales de aquella restauración religiosa era inevitable. 

Thomas Campbell y Stone habían pertenecido durante muchos años a la Iglesia Presbiteriana. Ambos habían roto con la denominación por problemas de conciencia. Los dos llegaron a ocupar cargos importantes en su seno. Tanto uno como otro lideraron grupos de congregaciones locales que perseguían la vuelta del Cristianismo a sus orígenes primitivos. Con todo no se conocían personalmente. El primer encuentro lo protagonizó Alexander Campbell, quien en la primavera de 1824 se reunió con Stone en Georgetown, Kentucky. A esta reunión siguieron otras entre Stone y Thomas Campbell. Los tres hombres fraternizaron desde el principio y concluyeron que estaban involucrados en un ministerio semejante, con idénticos objetivos y principios afines. 

Pese a ello siguieron caminos separados durante siete años más. Las iglesias fundadas por Stone llevaban el simple nombre de Cristianas. Las establecidas por los Campbell eran conocidas como Bautistas Reformadas. El 4 de julio de 1823, un año antes de producirse el primer encuentro con Stone, Alexander Campbell inició la publicación de una revista titulada "El Cristiano Bautista". Su primero intención fue denominarla simplemente "El Cristiano", pero terminó cediendo a las presiones de amigos íntimos, quienes veían la necesidad de mantener relaciones amistosas con los bautistas. "El Cristiano Bautista" hizo muchos amigos y muchos enemigos. Los artículos eran mayormente de carácter polémico. Abundaban los debates con pastores bautistas y con líderes de otras denominaciones.

Esto acentuó las críticas en contra del Movimiento de Restauración. Sus miembros eran denominados, despectivamente "cambelitas" o "reformadores". El título "Cristiano Bautista" no convencía a los bautistas y desagradaba a los partidarios de la restauración total, quienes se oponían a cualquier vínculo denominacional. Aconsejado por su padre y por otros destacados líderes del Movimiento, Alexander suspendió la publicación de "El Cristiano Bautista" en diciembre de 1829 y al mes siguiente, enero de 1830, inició la publicación de otra revista que tituló "Millenial Harbinger" ("Heraldo Milenario"). Por estas fechas los miembros de las iglesias establecidas por Campbell y Stone sumaban unos quince mil. Ambas fuerzas, que mantenían estrechas relaciones, decidieron finalmente unirse y proseguir juntas los trabajos que cada una de ellas realizaba por separado.

El gran acontecimiento tuvo lugar el 24 de diciembre de 1831 en Lexington, Kentucky. Allí se congregaron los principales líderes de ambos movimientos, los "cristianos" de Stone y los "reformados" de Campbell. John Smith, destacado predicador de los "reformados", fue el orador principal en aquella memorable ocasión. En su discurso abogando por la unidad de los cristianos, dijo:

"Dios tiene un solo pueblo en la tierra, al que ha dado un libro único. Por tanto, dejemos de ser "cambelitas" o "stoneistas", Nuevas Luces, Viejas Luces o cualquier otro tipo de luces. Vayamos todos a la Biblia, sólo a la Biblia, el único libro en el mundo que puede darnos la luz que necesitamos".

Todos los presentes aplaudieron y aprobaron la propuesta. Aquel día, el Movimiento que pretendía restaurar los valores y principios doctrinales del Cristianismo a sus fuentes primitivas entró en una fase decisiva de su historia. 

El liderato, fundamental para el establecimiento y desarrollo de una causa, estaba asegurado. Además de Thomas y Alexander Campbell y de Barton W. Stone, otros hombres batallaban en primera fila. Entre ellos es preciso destacar dos nombres: Walter Scott y John Smith. Scott nació en Dumfriesshire, Escocia, el 31 de octubre de 1796. Pertenecía a la misma familia que el renombrado autor Sir Walter Scott. En 1818, a los 22 años de edad, emigró a los Estados Unidos. Al principio se dedicó a la enseñanza de música y latín en una Academia de Nueva York. Posteriormente se trasladó a Pittsburgh, en las nuevas tierras de promisión a lo largo del río Ohio. Aquí entró a trabajar como profesor en otra academia que dirigía el también escocés George Forrester, hombre profundamente religioso. Forrester era al mismo tiempo predicador de una pequeña congregación local que seguía los principios doctrinales del Cristianismo primitivo. Scott, unido desde pequeño a la Iglesia Presbiteriana, pidió a Forrester que le bautizara por inmersión. Desde aquel momento su vida adquirió una nueva dimensión. Sus biógrafos cuentan que un día subió hasta el Capitolio de Washington y desde aquellas alturas rompió a llorar "por la miserable condición y la desolación de la iglesia cristiana". 

Scott y Alexander Campbell se encontraron por vez primera en el invierno de 1821-22. Scott tenía entonces 25 años y Campbell 33. A partir de entonces ambos hombres trabajaron estrechamente unidos. Roberto Richardson, biógrafo de Alexander Campbell, escribió de Scott: "Entre los ayudantes y colaboradores más cercanos de Alexander Campbell, el primer lugar lo ocupaba Walter Scott. Walter tomó como modelo a los apóstoles y se presentó ante el mundo con el mismo mensaje, en el mismo orden, con las mismas condiciones y promesas". Para Dabney Phillips, predicador contemporáneo en Alabama, "Alexander Campbell fue el líder intelectual de la Restauración, pero Walter Scott aportó el fervor evangelístico".

John Smith era la cara opuesta de la medalla. En tanto que Scott poseía una amplia cultura, la biblioteca de Smith nunca pasó de tres libros: la Biblia, un himnario y un ejemplar de la "Confesión de Fe" de la Iglesia Presbiteriana. Aunque no poseía libros propios solía leer los ajenos; su capacidad retentiva era extraordinaria; oyéndole hablar, su auditorio podía pensar que la Biblia estaba escrita en su mente. Aun cuando adoptó el apellido de su madre, irlandesa, su padre era alemán. El nació en Sullivan County, en el estado de Tennessee, el año 1784. Desde niño se sintió fuertemente inclinado a la religión. En plena juventud ingresó como miembro en una Iglesia Bautista orientada hacia un Calvinismo radical. Hacia 1820, cuando contaba 31 años, le invadieron dudas de carácter doctrinal. Uno de sus biógrafos, John A. Williams, en "Life of the Elder John Smith", dice que predicando un domingo sorprendió a la congregación con estas palabras: "Hermanos, algo va mal. Estoy en tinieblas; todos nosotros estamos en tinieblas. Delante de Dios os digo que no puedo conduciros a la luz, porque yo mismo no la tengo". 

Ferviente lector de Alexander Campbell y de Barton W. Stone, decidió unirse a estos hombres en sus esfuerzos para lograr la restauración de la iglesia. A partir de 1826 se dedicó con entusiasmo a predicar sobre la unidad de los cristianos en una sola cabeza, Cristo. En los seis primeros meses de 1828 bautizó a 603 personas. Con todo, siempre consideró como la mayor gloria de su ministerio el haber contribuido a la unión de los movimientos liderados por Campbell y por Stone. Como ha quedado escrito, fue el principal orador en aquella memorable ocasión. Stone murió en 1844; diez años después, el 4 de enero de 1854, murió Thomas Campbell. Le siguió Walter Scott, en 1861. Alexander Campbell partió con el Señor el 4 de marzo de 1866 y unos dos años después en febrero de 1868 falleció John Smith. 

Por estas fechas el Movimiento de Restauración religiosa contaba ya con medio millón de miembros en los Estados Unidos. Su influencia en la sociedad norteamericana era tan fuerte, que uno de sus miembros, James A. Garfield, fue elegido en el otoño de 1870 presidente de los Estados Unidos, el número 20 en la presidencia del joven país. 

A este espectacular crecimiento contribuyó la ingente labor pedagógica y literaria de Alexander Campbell. En octubre de 1841 se impartieron las primeras clases en una pequeña universidad fundada por él en Virginia con el nombre de "Bethany College". Un total de 150 estudiantes iniciaron el curso inaugural. Campbell concebía la Biblia como la base de la cultura moral. Aunque el "Bethany College" impartía las materias seculares propias de su condición, ofrecía también cursos especiales sobre la Biblia. En esta institución se formaron hombres que luego llegaron a ser grandes predicadores y líderes del Movimiento de Restauración. La relación de nombres ocuparía muchas páginas. Cabe destacar entre ellos a Moses E. Lard, John W. McGarvey y William K. Pendleton, quien contrajo matrimonio con dos hijas de Alexander Campbell: con Larina en 1840 y con Clarinda en 1848, al quedar viudo de la primera. Este segundo matrimonio duró sólo dos años. Muerta Clarinda en 1850, Pendleton contrajo un tercer matrimonio en 1855 con Catherine Huntington. 

En los mismos terrenos donde se hallaba enclavado el "Bethany College", Alexander Campbell instaló una gran imprenta. De aquí salían miles de ejemplares semanales de tratados, revistas y libros. El propio Alexander, dotado de una formación literaria excelente, escribió setenta libros y publicó una traducción original del Nuevo testamento. Su fama como predicador, educador y escritor se extendió tanto, que el presidente James Monroe dijo que era "el más capacitado y original exponente de la Biblia" que jamás había oído. En varias ocasiones fe invitado a predicar en el Congreso y en el Senado de los Estados Unidos de Norteamérica.


 

Capítulo 6

Tres ramas de un solo tronco

Está escrito en la Biblia: "Hiere al pastor, y serán dispersadas las ovejas" (Zacarías 13.7). Este principio fatídico se cumplió entre los propios discípulos de Cristo y en la experiencia de las primeras iglesias cristianas fundadas por el apóstol Pablo. Pablo tuvo sustitutos. Alexander Campbell también. Cualquiera tiene sustitutos en todos los sitios. La maquinaria del mundo no cesa de funcionar. Sus piezas se renuevan de continuo. Pero la sustitución no tiene nada que ver con el liderazgo. Se pueden sustituir personas; pero es más difícil reponer líderes. Los altos niveles de influencia, de visión, de servicio, de organización, no se alcanzan fácilmente. Es costumbre en los espíritus mediocres condenar todo lo que rebasa su pequeña estatura; porque una de las mayores pruebas de mediocridad, decía el economista y político francés Say, es no saber reconocer la superioridad de los demás. Pero las grandes empresas, hayan sido políticas, científicas, filosóficas, económicas o religiosas, las han llevado a cabo hombres de liderazgo disciplinado y tenaz.

Thomas Campbell fue el hombre que supo romper con una situación religiosa errónea y decadente y vislumbrar la restauración de la iglesia del Nuevo Testamento; Barton W. Stone se encontró a sí mismo inmerso en aquella sociedad liberal y puritana al mismo tiempo, creyente y atea, nueva y enfermiza, y decidió romper los diques del alma en busca de aguas más claras; Walter Scott fue el intelectual selecto, el predicador de elite, el hombre de corazón delicado que reservaba sus energías para ocasiones especiales. El alma del Movimiento de Restauración religiosa, el ideólogo indiscutible, el organizador incansable, el líder que arrastraba por igual a las masas que a los dirigentes políticos fue, sin duda, Alexander Campbell.

A su muerte faltó el líder. Había conductores destacados, surgieron otros, pero las iglesias establecidas por todo el país no miraban a estos guías con el mismo respeto, ni fiaban tanto en sus palabras. Además, al multiplicarse los pastores se dividió el rebaño. Tantas cabezas no encajaban en un solo cuerpo. Y puesto que nadie quería bajar la suya, el cuerpo se dividió. ¡Una vez más en la historia!

Relatar los pormenores que desembocaron en la división del Movimiento sería largo y estéril. Quien tenga interés en estos detalles y sepa leer inglés puede consultar los tres tomos - lectura árida y de cronología desigual - escritos por Earl Irvin West y publicados con el título general "The Search for the Ancient Order". Por mi parte, me limitaré a exponer los hechos y a continuación glosaré las causas principales que los motivaron.

Falta de unos estatutos código o confesión de fe que unificara los principios doctrinales y eclesiásticos, las iglesias surgidas del Movimiento de Restauración tenían como única norma para su funcionamiento la propia Biblia. Pero a pesar de las buenísimas intenciones de sus lectores, la Palabra de Dios ha estado expuesta a constantes y distintas interpretaciones. La Iglesia católica soluciona el problema - sólo en teoría - con la pretensión del magisterio único. Es decir, todas las denominaciones existentes en el seno de la Iglesia católica están obligadas a seguir la interpretación del Vaticano. Puede que esto sea práctico, pero no es cristiano. Lo otro, la libre interpretación, crea conflictos, pero es conforme a la esencia del cristianismo de Cristo. 

Algunas iglesias encuadradas en el Movimiento de Restauración quedaron ancladas en un conservadurismo radical, en tanto que otras se hicieron más liberales, introduciendo principios y prácticas que eran considerados por las primeras como impropios de la Restauración. Las tensiones se fueron acumulando a lo largo de varios años. Se sucedían las discusiones entre los dirigentes; debates en torno a puntos doctrinales en ocasiones insignificantes; enfrentamientos entre congregaciones vecinas. Hacia finales del siglo la situación hizo quiebra. 

Al no existir una jefatura central con capacidad decisoria, toda vez que las iglesias eran jerárquicamente independientes, unidas sólo por lazos espirituales y conceptos religiosos afines, la solución a los conflictos existentes resultaba muy difícil, casi imposible. Seis mil personas pertenecientes al Movimiento de Restauración, en su mayoría ancianos, predicadores y otros dirigentes de iglesias, se congregaron el domingo 18 de agosto de 1889 en el condado de Shelby, estado de Illinois, en terrenos de la Iglesia Sand Creek. Desde 1873 solían acudir a este lugar grandes masas de cristianos para pasar varios días escuchando a predicadores prominentes. En nuestros días estas convocatorias anuales son realizadas por las 18 universidades que la iglesia de Cristo posee en Estados Unidos. Las reuniones más concurridas son las de la Universidad Cristiana de Abilene, en Texas. 

En aquel encuentro se debatieron principios doctrinales y aspectos eclesiásticos del Movimiento. El grupo más conservador emitió un importante documento conocido como "Sand Creek Address and Declaration" ("Declaración y Alocución de Sand Creek"), en el que se fijaban los fundamentos cristianos sobre los que se basaba el Movimiento de Restauración y se rechazaban las innovaciones introducidas por algunas iglesias. Recordando el lema de Thomas Campbell, "hablaremos donde la Biblia habla y callaremos donde la Biblia calla", los firmantes del documento añadían: "No enseñaremos, practicaremos ni recibiremos principio religioso alguno que no pueda ser apoyado con las palabras bíblicas: Así dice el Señor".

No hubo acuerdo. El grupo de los liberales, que era igualmente numeroso, inició una agria controversia a través de sus publicaciones, mantenida y contestada desde el otro bando. Se llevaron a cabo nuevos intentos de reconciliación en 1892, en 1902 y en 1904. Finalmente, a principios de nuestro siglo, el año 1906, se produjo la definitiva escisión del Movimiento de Restauración en dos colectividades. Los más apegados a las doctrinas del Nuevo Testamento quedaron con el nombre "Iglesias de Cristo". La otra parte adoptó el nombre "Discípulos de Cristo" y se constituyó en organización jerarquizada. Nada se ha dicho aún de las causas que motivaron esta división. Esencialmente fueron tres: el clima de controversia surgido a raíz de la guerra civil en Estados Unidos, la introducción de instrumentos musicales en el culto de adoración y el establecimiento de una sociedad misionera. Las demás razones aducidas no fueron tales, sino pretextos particulares e insignificantes.

Los historiadores están de acuerdo en que la causa principal que hizo estallar el conflicto civil en Estados Unidos en la primavera de 1861, y que duró cuatro años, fue el tema de la esclavitud. El enfrentamiento entre los abolicionistas del norte y los esclavistas del sur traducía la oposición existente entre una sociedad industrial que buscaba el desarrollo de la economía por estos medios y una sociedad de plantadores aristócratas que había optado por una producción masiva de base agraria impulsada conla mano de obra barata de los esclavos. La pugna ideológica entre el norte y el sur quedó plasmada en obras tales como "La Cabaña del Tío Tom", aparecida en 1852. Al termino de la Guerra de Secesión con la victoria del norte - abril de 1865 - se concedió la libertad a los esclavos.

Las posiciones nunca estuvieron generalizadas. En los estados del sur había muchos partidarios de la emancipación de los esclavos y en el norte existían organizaciones que defendían la esclavitud. Las amargas contiendas de aquellos años afectaron considerablemente la vida religiosa del país. Las principales denominaciones, tales como los metodistas, bautistas, presbiterianos, episcopales, etc., se dividieron optando por bandos contrarios. Hasta hoy existen en organizaciones separadas bautistas del norte y bautistas del sur.

La polémica hizo inevitablemente mella en las iglesias que formaban el Movimiento de Restauración. Alexander Campbell defendía la abolición de la esclavitud, pero siendo un hombre del sur y con influencias políticas, sufría tremendas presiones por parte de otros líderes cristianos que no pensaban como él. Sus esfuerzos para mantener la unidad del Movimiento eran constantes. En 1845 escribió: "Somos la única comunidad religiosa en el mundo civilizado cuyos principios pueden preservarnos de la división... Mantener el espíritu de unidad entre cristianos del sur y cristianos del norte es mi objetivo constante".

No todos imitaron su ejemplo. Alexander Campbell murió un año después de acabada la guerra civil. De las 2,068 iglesias que se calcula existían por aquellos años, 827 estaban en estados partidarios de la esclavitud y 1,241 en estados contrarios a ella. 

La amargura que dejaron en los corazones aquellos cuatro años de luchas sangrientas entre hijos de una misma nación hirió también el corazón de la iglesia y dividió a los hijos de Dios. La guerra es la operación cesárea de la humanidad. Violentamente da a luz espíritus conflictivos. La introducción de instrumentos musicales en el culto de adoración de la iglesia motivó una de las más encolerizadas polémicas padecidas por el Movimiento de Restauración. 

Cuando las iglesias integradas en el Movimiento fueron perfilando con claridad sus principios doctrinales, hacia la segunda mitad del siglo XIX, los instrumentos musicales fueron rechazados del culto. Ante las dudas de algunas congregaciones en torno al tema, Alexander Campbell, que por cierto tenía una excelente educación musical adquirida en Escocia e Irlanda, escribió un largo artículo sobre el lugar de la música en la Biblia. Este trabajo fue publicado en el número correspondiente a agosto de 1851 de la revista "Millennial Harbinger". Campbell decía que los argumentos deducidos de los Salmos y de otros libros del Antiguo Testamento para la utilización de instrumentos musicales en el culto de adoración podían ser válidos para judíos, católicos y denominaciones protestantes que no llegaron a diferenciar del todo entre ambos testamentos; pero que tales argumentos no podían sostenerse a la luz del Nuevo Testamento ni de la historia de la iglesia primitiva.

Al articulo de Campbell siguieron otros trabajos más amplios del mismo autor y de otros escritores. Pero la exposición no convenció a todas las iglesias. De 1851 a 1890 los partidarios y contrarios al uso de instrumentos musicales en el culto se enfrentaron en lo que Earl Irvin West califica como "el más agrio debate sostenido por miembros del Movimiento de Restauración". Este mismo autor dice que tras el rompimiento definitivo de 1906 los "Discípulos de Cristo, como decidieron llamarse, tomaron sus instrumentos musicales y su Sociedad Misionera y emprendieron un nuevo camino". Las iglesias de Cristo continuaron sin admitir instrumentos musicales en el culto, por entender que la iglesia primitiva utilizaba sólo la melodía vocal, el corazón como instrumento de adoración.

El establecimiento de una organización central para impulsar y controlar las actividades misioneras del Movimiento fue un tercer factor desencadenante de la división. Tanto Stone como Thomas y Alexander Campbell fueron partidarios fervientes de la evangelización. Extendían y explicaban que en la Gran Comisión tenían el mandato de Cristo para evangelizar el mundo, empezando por la localidad y continuando a través de la propia nación. Con la intención de unir los esfuerzos misioneros de las congregaciones locales, Alexander Campbell escribió en 1849 una serie de artículos abogando por algún tipo de organización intereclesiástica. En uno de ellos decía: "Nuestro sistema actual de cooperación es comparativamente insuficiente e inadecuado para cubrir las exigencias de los tiempos y de la causa por la cual trabajamos". 

Su propuesta tuvo eco. El 23 de octubre de 1849 se constituyó en Cincinnati, Ohio, la Sociedad Misionera Cristiano-Americana. Se redactó una Constitución y se nombró una constitución y se nombró un comité directivo. El propósito de la Sociedad era impulsar la evangelización dentro y fuera de los Estados Unidos. Pero lo que empezó con meras intenciones de cooperación entre las iglesias acabó convirtiéndose en una superestructura al margen de las mismas. No sólo esto. Poco después fueron surgiendo otras organizaciones con planes similares, estableciéndose entre ellas una clara rivalidad por obtener los apoyos económicos de las congregaciones locales. Hacia 1900 el Movimiento contaba, entre otras de menor importancia, con las siguientes organizaciones misioneras: Sociedad Cristiana Misionera Extranjera; Comité Misionero de Mujeres Cristianas; Asociación Benéfica Nacional; Comité Ministerial de Ayuda; Comité de Extensión: Comité de Moderación Nacional, etc.

Personalidades influyentes del Movimiento se manifestaban públicamente contrariadas por lo que consideraban como una desviación peligrosa de sus principios. A. W. Fortune, en el libro "Adventuring with Disciple Pioneers" escribió: "Ha habido cambios radicales de la iglesia desde los días de Barton Stone y de los Campbell. Si pudieran volver y visitar las iglesias de hoy, se sentirían extraños. Creerían que nos hemos alejado de la fe... Encontrarían Sociedades, especialmente de mujeres y de jóvenes, en las que ni siquiera llegaron a pensar".

Los bandos enfrentados en 1906 asumieron posiciones extremas. Los Discípulos de Cristo decidieron mantener las diferentes Sociedades misioneras, en tanto que las Iglesias de Cristo renunciaron a este tipo de organizaciones. Sus esfuerzos misioneros, que han logrado el establecimiento de iglesias en todo el mundo, han partido de las congregaciones locales y han estado supervisados por los ancianos de estas congregaciones. Ello no ha impedido ni impide la estrecha colaboración entre distintas iglesias locales a favor de un mismo campo de misión. 

Además de las tres causas citadas, la guerra civil, la introduccion de instrumentos musicales y el establecimiento de sociedades misioneras, que tuvieron una importancia decisiva en la gran división de 1906, influyeron otros factores tales como la comunión cerrada, la membresía de la iglesia, el sueldo de los predicadores, las relaciones con denominaciones protestantes, etc. Las discusiones en torno a estos temas se agravaron y desembocaron en fuertes desavenencias principalmente por la falta de líderes. En su libro "Christians Only" James DeForest dice: "Tras la muerte de Alexander Campbell quedó claro que no había otro líder comparable capaz de tomar su mando. Este vacío elevó a varios hermanos, de buenas intenciones, a situaciones de preeminencia. Mayormente porque dirigían publicaciones con mucha circulación. Operaban independientes unos de otros y entre ellos había muy poco acuerdo en asuntos de opinión. Sus lectores y seguidores en las iglesias sucumbían con facilidad al clima de controversia que ellos provocaban. Faltando la voz que hablaba desde la Universidad de Bethany para arbitrar y conciliar las diferencias, la fraternidad se enfrentó a una grave situación".

Esta cita me parece tremendamente importante. Es profética y actual. Describe el peor de los males que la iglesia de Cristo está padeciendo hoy tanto en los Estados Unidos como en los demás países donde se halla establecida: la anarquía entre sus miembros por falta de un liderazgo competente y decidido. En la década de 1920 a 1930 se desencadenaron nuevas turbulencias doctrinales y eclesiásticas entre los Discípulos de Cristo. Un buen número de congregaciones derivaron hacia posiciones liberales, siguiendo la moda de otras denominaciones protestantes que cuestionan la inspiración total de la Biblia, la plena divinidad de Cristo, el estado pecaminoso del hombre, los estados eternos tras los acontecimientos de los últimos tiempos, etc.

Al ensayar una interpretación bíblica bajo el prisma de la filosofía racionalista de los siglos XVII y XVIII el liberalismo protestante ha hecho más daño al cristianismo que los movimientos declaradamente ateos. Hacia 1935, el sector liberal de los Discípulos de Cristo se disgregó del cuerpo conservador y adoptó el nombre de Iglesia Cristiana. El Movimiento de Restauración religiosa iniciado por Stone y los Campbell se halla actualmente dividido en tres grandes cuerpos: Iglesias de Cristo, Discípulos de Cristo y Iglesias Cristianas. Tres ramas de un solo tronco. 

Según la "World Christian Encyclopedia" ("Enciclopedia Cristiana Mundial"), publicada en inglés en 1982 por la Oxford University Press, las iglesias de Cristo tenían cuatro millones de miembros en Estados Unidos en 1978; los Discípulos de Cristo, un millón seiscientos mil y las Iglesias Cristianas, millón y medio. Si a estas cifras añadimos el número de miembros que cada uno de los tres grupos tiene en países fuera de Estados Unidos y el resultado del crecimiento experimentado en los últimos siete años, la cifra total de diez millones es bastante fiable. 

En los últimos años se ha venido gestando un sentimiento creciente de reunificación, con encuentros y conversaciones entre representantes de los distintos grupos. El hecho más importante en esta línea tuvo lugar en la ciudad de Joplin, estado de Missouri, entre el 7 y el 9 de agosto de 1984. Cincuenta líderes de las iglesias de Cristo, entre los que figuraban rectores de universidades, editores, profesores, predicadores, etc., se reunieron con otros cincuenta líderes de los Discípulos de Cristo. Paralelamente se tuvieron encuentros entre representantes de ambos grupos en distintos estados de la nación.

¿Se llegará algún día a la unidad existente antes de la ruptura de 1906? ¡Ojalá! Somos de naturaleza optimista, pero en este caso concreto tenemos serias dudas. En tanto que exista el hombre existirán las divisiones. El hombre es un ser dividido consigo mismo, contra si mismo. Tiene el germen de la división en la sangre, en los pliegues más ocultos del alma. Y esto no de ahora, sino desde siempre, desde que su primer aliento humano marchitó los rosales del Paraíso.

 


 

DECLARACIÓN Y ALOCUCIÓN

Por Thomas Campbell

Alocución

Breve resumen

La cuestión de bautismo

DECLARACIÓN 

Considerando la serie de hechos que han ocurrido en las iglesias durante los pasados años, sobre todo en este país occidental, así como lo que sabemos en general del presente estado de cosas en el mundo cristiano, estamos convencidos de que es hora ya no sólo de pensar sino de actuar por nosotros mismos, de ver con nuestros propios ojos y de tomar nuestras medidas directa e inmediatamente de los patrones divinos. Sólo a esto nos sentimos divinamente obligados a sujetarnos, ya que sólo por esto seremos juzgados. Estamos también convencidos de que ningún hombre debe ser juzgado por su hermano, como tampoco ningún hombre debe juzgar por su hermano; a todo ser hermano le debe estar permitido juzgar por sí mismo, ya que cada hombre debe cargar con su propio juicio y ha de dar cuenta de sí mismo a Dios.

También somos de la opinión de que, así como la palabra divina tiene una atadura para todos igualmente, todos estamos bajo la misma obligación de ser atados por ella; y que, por lo tanto, ningún hombre tiene derecho a juzgar a su hermano, excepto en la medida en que viole manifiestamente la letra de la Ley. Cada uno de esos juicios es una violación expresa de la Ley de Cristo, un intento de usurpación de su trono y una gran intrusión en los derechos y libertades de sus súbditos. Creemos, pues, que tenemos que guardarnos de tales cosas, que nos debemos mantener a la mayor distancia de todo lo que provenga de esta naturaleza, y que, sabiendo el juicio de Dios contra aquellos que cometen dichos actos, no debemos hacer lo mismo nosotros ni complacernos con aquellos que los hacen.

Sin embargo, siendo buenos conocedores, por triste experiencia, de la nefasta naturaleza y perniciosa tendencia a la controversia religiosa entre los cristianos; cansados y hartos de las amargas disputas y riñas con espíritu de partido, desearíamos permanecer en paz. Y, si fuera posible, también nos gustaría adoptar y recomendar tal medida, para que pudiera dar descanso a nuestros hermanos en todas las iglesias: que restauren la unidad, la paz y la pureza en toda la iglesia de Dios. A decir verdad, estamos desesperanzados de encontrar el descanso deseado para nosotros o de poder recomendárselo a nuestros hermanos, si continúan entre la diversidad y el rencor de los argumentos de partido, las incertidumbres y choques de opiniones humanas; ni podemos, razonablemente, esperar encontrarlo en ningún lugar excepto en Cristo y en su sencilla Palabra, que es la misma ayer, hoy y siempre.

Nuestro deseo, por tanto, para nosotros y para nuestros hermanos, es que, rechazando las opiniones humanas y las invenciones de los hombres, que no tienen ninguna autoridad ni ningún lugar en la iglesia de Dios, podamos dejar para siempre de argumentar de nuevo sobre dichas cosas, volviendo y manteniéndonos firmes en los patrones originales, tomando la Palabra divina como única dirección, al Espíritu Santo como nuestro maestro y guía, para que nos lleve a toda verdad, y sólo a Cristo, tal y como está mostrado en la Palabra, para nuestra salvación; que al hacer esto podamos estar en paz entre nosotros, tener paz con todos los hombres y santidad, sin la cual ningún hombre verá al Señor. Embargados por estos sentimientos, hemos resuelto lo que sigue:

1. Que nos unamos nosotros mismos para formar una asociación religiosa bajo el nombre de Asociación Cristiana de Washington, con el único propósito de promover el puro y simple cristianismo evangélico, libre de toda mezcla de opiniones humanas e invenciones de los hombres.

2. Que cada miembro, según su habilidad, alegre y liberalmente, abone una suma concreta, a ser pagada cada medio año, con el propósito de levantar un fondo para mantener un ministerio puro de los evangelios, que deberá limitarse a practicar la forma de doctrina, adoración, disciplina y gobierno expresamente revelados y ordenados en la Palabra de Dios. Y también para socorrer a los pobres con las Sagradas Escrituras.

3. Que esta Sociedad considere un deber, y use para este fin todos los medios convenientes a su alcance, fomentar la creación de asociaciones similares. Y que, con este propósito, se mantenga dispuesta a aplicar, corresponder y rendir toda posible ayuda a aquellos que deseen asociarse para alcanzar los mismos deseables e importantes objetivos.

4. Que esta Sociedad no se considere, en ninguna forma, una iglesia, ni asuma los poderes peculiares de la misma; ya que los miembros, como tales, no se consideren asociados con el propósito que caracteriza a la reunión de iglesia, sino solamente como participantes voluntarios en la reforma de la iglesia, poseyendo y respetando los poderes comunes a todos los individuos que deseen asociarse de forma ordenada y pacífica, con cualquier propósito legítimo, en este caso la disposición de su tiempo, consejo y propiedad, como estimen necesario.

5. Que esta Sociedad, formada con el único propósito de promover el cristianismo evangélico puro, apoye hasta el máximo de su poder y sustente sólo a aquellos ministros que demuestren una conformidad manifiesta con los patrones originales, tanto en su conducta personal como en doctrina, celo y diligencia; sólo a aquellos que lleven a la práctica la forma original del cristianismo genuino, expresamente contenida en las páginas sagradas, sin intentar inculcar la autoridad humana, la opinión privada, las invenciones de hombres, y sin pretender ocupar una parte en la constitución, fe o adoración de la iglesia cristiana; a aquellos que no inserten ningún elemento sobre la fe y el deber cristiano al que no se pueda añadir: "Así dice el Señor", ya sea en términos expresos o por precedentes aprobados.

6. Que un Comité permanente de veintiún miembros, de carácter moral excepcional, incluyendo el secretario y el tesorero, sea elegido anualmente para supervisar los intereses y tramitar los negocios de la Sociedad. Que dicho Comité sea investido con plenos poderes para actuar y ejecutar, en nombre y a favor de los constituyentes, todo aquello que la Sociedad previamente haya determinado, con el propósito de llevar a cabo totalmente el objetivo de su institución. Y que, en caso de cualquier emergencia que no haya sido prevista en los principios de la Sociedad, dicho Comité sea investido con el poder de convocar una reunión especial con el propósito de su solución.

7. Que esa Sociedad se reúna, por lo menos, dos veces al año, esto es, los primeros jueves de mayo y de noviembre, y que los recaudadores elegidos para recibir las cuotas semi-anuales de las suscripciones prometidas estén dispuestos a entregar la suma recogida al tesorero antes o durante cada reunión, a fin de que él pueda dar cuenta del estado de los fondos. La próxima reunión se llevará a cabo en Washington el primer jueves del próximo noviembre.

8. Que cada reunión de esta Sociedad sea iniciada con un sermón, que se lea la constitución y proclama, y que se recoja una colecta para beneficio de la Sociedad. Cualquier comunicación de naturaleza pública ha de ser expuesta a la Sociedad en sus reuniones semestrales.

9. Que esta Sociedad, dependiendo de la total suficiencia de la Cabeza de la iglesia y, por su gracia, aceptando con confianza la generosa liberalidad de los amigos sinceros del genuino cristianismo, se comprometa a ayudar con un sustento adecuado a aquellos ministros que el Señor disponga misericordiosamente y que quieran, a petición y por invitación de la Sociedad, promover una reforma evangélica pura, por la simple predicación del evangelio eterno y la administración de sus ordenanzas en exacta conformidad con los patrones divinos, como se ha mencionado antes. Y que, por tanto, lo que los amigos de la institución quieran aportar para el sustento de los ministros en conexión con esta Sociedad, que pueden ser enviados a predicar a distancias considerables, será recibido con agradecimiento y reconocido como una donación para sus fondos.

 

ALOCUCIÓN

A todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo sinceramente en todas las iglesias, se somete respetuosamente la siguiente Proclama.

MUY AMADOS HERMANOS:

Que el gran designio y la tendencia primitiva de nuestra santa religión es reconciliar y unir a los hombres con Dios y entre ellos mismos en verdad y amor, para la gloria de Dios y su propio bien presente y eterno, no puede ser negado, imaginamos, por ninguno de los súbditos genuinos del cristianismo. El nacimiento de su Divino creador fue anunciado desde el cielo por una hueste de ángeles, con grandes aclamaciones a la voz de "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz y buena voluntad para con los hombres".

Todo el carácter del Libro divino, que contiene los fundamentos del cristianismo en todas sus misericordiosas declaraciones, preceptos, ordenanzas y santos ejemplos, inculca esto de una forma altamente expresiva y poderosa. Por tanto, cuando esta santa unidad y unanimidad en fe y amor es conseguida, en el mismo grado se manifiesta la gloria de Dios, promoviendo y asegurando la felicidad de los hombres. Impulsados por estos sentimientos y, al mismo tiempo, penosamente conmovidos por las tristes divisiones que han interferido tan atrozmente en las benignas y misericordiosas intenciones de nuestra santa religión, excitando a sus miembros profesantes a morderse y devorase unos a otros, no encontraríamos justificación para nosotros mismos si retuviéramos el óbolo de nuestros sinceros y humildes esfuerzos por curarlas y extirparlas.

¡Qué efectos tan horribles y penosos han producido esas tristes divisiones! ¡Cuántas antipatías, cuántos reproches y calumnias, cuántas conjeturas diabólicas y encolerizados argumentos, cuántas enemistades, excomuniones e incluso persecuciones! Pero, a la verdad, esto continuará ocurriendo en alguna medida mientras sigan existiendo esos cismas; porque, como dice el apóstol, donde hay envidias y contiendas, hay confusión y toda clase de malas obras. ¡Y cuántos deplorables efectos de esas divisiones malditas se ven, incluso en este país tan altamente favorecido, donde la espada del magistrado civil aún no ha aprendido a servir al altar! ¿Acaso no hemos visto congregaciones divididas en multitud de fracciones, vecindades enteras de cristianos profesantes llevadas, primero, a la confusión por las contenciones partidistas y, al final, totalmente desprovistas de las ordenanzas evangélicas? Y, mientras tanto, grandes colonias y regiones de este país permanecen hasta hoy enteramente desamparadas de un ministerio evangélico; muchas de ellas no están mejor que si vivieran en un estado irreligioso.

O bien las iglesias están tan debilitadas con las divisiones que no les pueden enviar ministros, o bien la gente se encuentra tan dividida entre sí misma que no los recibirían. Al mismo tiempo, algunas personas que viven a las puertas de un evangelio predicado no osan, en conciencia, acudir a escucharlo y, por supuesto, disfrutan de muy pocas más ventajas, a ese respecto, de las que tendrían si vivieran en medio de los paganos. ¡Qué pocos, en dichas circunstancias, gozan de las dispensaciones de la Cena del Señor, esa gran ordenanza de unidad y amor! ¡Y de qué manera, tristemente, este accidentado y confuso estado de cosas interfiere en la comunión espiritual entre cristianos, unos con otros, que es tan esencial para su edificación y consuelo en medio de este presente mundo malvado! Encontrándose tan divididos en sentimientos y, naturalmente, viviendo a tales distancias, sólo unos pocos de la misma opinión o del mismo partido pueden reunirse convenientemente con propósitos religiosos o disfrutar, con la debida frecuencia, de las atenciones pastorales.

E incluso donde la situación se encuentra en mejor estado respecto a las iglesias establecidas, ¡cómo se relaja el ejercicio de la disciplina bajo la influencia del espíritu de partido! Muchos tienen miedo de practicarla con la necesaria rigurosidad, porque temen que sus gentes les abandonen y que, bajo la capa de alguna pretensión engañosa, encuentren refugio en el seno de otro partido. Y la verdad es que, aunque sea triste decirlo, tan corrompida está la iglesia con esas divisiones malditas, que hay muy pocos tan infames que no encuentren admisión en uno u otro partido profesante.

Por tanto, y en buena medida, ha sido desterrada de la iglesia de Dios la gran pureza de la comunión que se encuentra en las Escrituras y de cuya preservación depende la mayor parte de su bienestar, gloria y utilidad. Para completar el terrible resultado de nuestras miserables divisiones, un mal de naturaleza horrenda permanece todavía: el desagrado divino, justamente provocado por esa triste perversión del evangelio de paz; el Señor mantiene su misericordiosa presencia influyendo en sus ordenanzas y, con frecuencia, deja a los contenciosos autores caer en escándalos dolorosos, o los visita con juicio, como hizo en la casa de Elí.

De esta forma, mientras algunos cristianos profesantes se muerden y devoran entre sí consumiéndose unos a otros, o caen presa de los rectos juicios de Dios, los verdaderamente religiosos de todos los grupos son afligidos, los débiles tropiezan, los desfavorecidos y profanos se endurecen, las bocas de los infieles se abren para blasfemar contra la religión y, así, lo único que existe bajo el cielo divinamente eficaz para promover y asegurar el bien espiritual presente y eterno del hombre, esto es, el evangelio del bendito Jesús, es reducido a desdén, mientras que las multitudes, privadas de un ministerio evangélico, como ha sido observado, son presas fáciles para los seductores y se convierten en las víctimas de inauditos engaños. ¿Acaso no son éstos los efectos visibles de nuestras tristes divisiones, incluso en este país que, por otra parte, se cree feliz? Decid, queridos hermanos, ¿no es cierto todo esto? ¿No es, por tanto, de vuestra incumbencia esforzaros, por todos los medios que señalan las Escrituras, en remediar estos males? ¿Quién dirá que no le atañe? ¿Y acaso no os corresponde a vosotros especialmente, quienes ocupáis el lugar de los ministros del evangelio, ser líderes en esta loable empresa? Mucho depende de vuestro sincero acuerdo y celosos esfuerzos.

Esta favorable oportunidad que la providencia divina ha puesto en vuestras manos, en este afortunado país, para la realización de un bien tan grande es, en sí misma, un motivo de reflexión que requiere no poco esfuerzo. País que está, dichosamente, exento de la nociva influencia de un establecimiento civil de cualquier clase de cristianismo; que no se halla bajo la influencia directa de una jerarquía anticristiana, y que no mantiene, al mismo tiempo, una conexión formal con los devotos países que han entregado su fuerza y poder a la Bestia, en los cuales, por supuesto, ninguna reforma adecuada puede ser realizada hasta que la Palabra de Dios se cumpla y las redomas de su ira se viertan sobre ellos. Feliz exención, por cierto, la que le libra de ser el objeto de tan terribles juicios.

Y aún más dichosa será para nosotros si estimamos y mejoramos debidamente esas grandes ventajas hacia los altos y valiosos fines para los cuales son concedidas expresamente. Ciertamente, donde mucho es otorgado, mucho también será requerido. ¿Puede el Señor esperar o pedir de su pueblo (al que le han sido concedidos, tan liberalmente y en circunstancias inmejorables, todos los medios y mercedes) menos que una reforma total y completa, civil y religiosa, según su Palabra? ¿Podemos suponerlo siquiera? ¿Y acaso tal mejoramiento de nuestros preciosos privilegios no va a contribuir en la misma medida a la gloria de Dios y a nuestro propio bien presente y eterno? Los prometedores fenómenos de estos tiempos proporcionan argumentos colaterales de una naturaleza muy alentadora y aseguran que nuestros debidos y píos esfuerzos no serán en vano en el Señor. ¿No es éste el día de la venganza del Señor sobre el mundo anticristiano, el año de las recompensas por la controversia de Sión? Es seguro, pues, que el tiempo de favorecerla ha llegado, porque es ahora el tiempo establecido. ¿Y no ha sido dicho que Sión será construida en tiempos difíciles? Los esfuerzos realizados desde el principio de la Revolución Francesa para que el evangelio sea promulgado entre las naciones, ¿no han sido mayores que los llevados a cabo durante los siglos anteriores a tal hecho? ¿Y no han descubierto las iglesias, tanto en Europa como en América, desde ese período, una preocupación extraordinaria por el desarraigo de las contiendas, por la curación de las divisiones, por la restauración de la comunión entre hermanos cristianos, unos con otros, y por el fomento del mutuo bien espiritual, como lo testifican los documentos publicados sobre esos temas?

Nosotros, por tanto, no deberíamos dejarnos excitar por estas consideraciones sino unirnos, con todo nuestro poder, para ayudar a promover este buen trabajo y para que lo que aún permanece por hacer pueda ser totalmente realizado. Sin embargo, a pesar de los bien intencionados esfuerzos y una vez lograda la unión, hay casos en los que no se ha triunfado totalmente a voluntad de todos los partidos: ¡Disuadamos nosotros de intentar conseguir esta victoria! Los cristianos deberían dejar de contender, aunque lo hagan sinceramente, por los sagrados artículos de fe y obediencia tras haber rescatado a los santos, a causa de la oposición y las escasas posibilidades de alcanzar buen éxito, a pesar de que éste, en muchos casos, corresponde a sus fieles y honestos esfuerzos; la causa divina de verdad y justicia podría haber sido abandonada hace mucho tiempo.

¿Es que el cisma de Goliat es superior a muchos otros males contra los cuales los cristianos tienen que combatir? ¿Acaso el Capitán de la Salvación ha desistido en su persecución o ha proclamado una tregua con este enemigo mortal que está desenvainando su espada en las propias entrañas de la iglesia, lacerando y destrozando su cuerpo místico? ¿Ha dicho el a sus siervos: "No intentéis cambiar nada"? Si no, ¿dónde está la orden para que cesen los esfuerzos por extirpar estos males? Por otra parte teniendo ante nosotros las sabias experiencias de quienes han cometido negligencias y errores, que, en muchos casos y hasta ahora, han impedido obtener los resultados deseados ¿no pueden instruirnos mejor acerca de cómo proceder en este asunto? Así, aleccionados por la experiencia y felizmente provistos de las instrucciones acumuladas por aquellos que caminaron delante de nosotros, trabajando sinceramente en esta buena causa, tomemos para nosotros mismos la armadura de Dios y, con nuestros pies cubiertos por el apresto del evangelio de paz, mantengámonos firmes en este importante deber con toda perseverancia. No dejéis que ninguno que ame la paz de Sión sea desanimado ni mucho menos ofendido, porque un objetivo de tal magnitud no precisa la expresa aprobación de los poderosos ni de la mayoría. Esta deliberación, si es debidamente sopesada, no ofenderá ni producirá desánimo en quien considere su auténtica naturaleza, de acuerdo con lo que ya ha sido sugerido.

¿No es un derecho universal, y también un deber perteneciente a cada ciudadano de Sión, buscar su propio bien? A este respecto nadie puede reclamar una preferencia sobre su prójimo, bajo ningún pretexto, ni mucho menos pretender una prerrogativa especial. En cuanto a la arrogancia de autoridad, no tiene cabida en esta tarea: sin duda, nadie puede suponerse así mismo investido con derecho divino porque posea alguna cualidad peculiar, ni utilizar esta pretensión para llamar la atención a sus hermanos en esta solícita e importante empresa. Por nuestra parte, no abrigamos dichas arrogantes presunciones ni pretendemos imponer nuestro pensamiento a ninguno de nuestros hermanos, para que este buen trabajo permanezca estancado hasta el momento en que ellos consideren conveniente venir y confirmar el intento, impulsados por su invitación y ejemplo. Es éste un campo abierto, un trabajo extensivo al que todos están igualmente invitados y son siempre bienvenidos.

Si nosotros confiáramos en nuestra propia suficiencia, viendo la grandeza del objetivo y las múltiples dificultades que subyacen en el camino de su cumplimiento, de buena gana exclamaríamos con el apóstol: "¿Quién es suficiente para estas cosas?" Pero si nos reconocemos a nosotros mismos no seremos por ello desanimados, estando persuadidos con él de que, así como el trabajo en el que estamos ocupados, nuestra suficiencia proviene de Dios. Sin embargo, después de todo, tanto los poderosos como la mayoría están con nosotros. El mismo Señor y todos aquellos que forman su verdadero pueblo se declaran a nuestro lado. Y contamos no sólo con las oraciones de todas las iglesias, sino con las del propio Cristo (Juan 17.20,23). La bendición de Sión ha sido pronunciada sobre nuestra empresa: "Orad por la paz de Jerusalén; los que te aman serán prosperados". Teniendo con nosotros este apoyo, ¿qué podrá detenernos en la empresa celestial o nos desesperará en el intento de conseguir, a su debido tiempo, la completa unión de todas las iglesias en fe y práctica, según la Palabra de Dios? No es que nos juzguemos a nosotros mismos competentes para efectuar tal cosa; rechazamos totalmente ese pensamiento. En cambio, juzgamos como nuestro deber más cercano emprender este cometido usando para ello todos los medios adecuados en nuestro poder. Y también creemos que tenemos suficiente razón para estar seguros de que nuestros humildes y bienintencionados esfuerzos no serán en vano, gracias al Señor.

La causa por la que abogamos no es nuestra propia causa particular ni la de ningún partido, considerado como tal. Es una causa común, la causa de Cristo y de nuestros hermanos en todas las denominaciones. Todo lo que pretendemos, pues, es cumplir con lo que humildemente concebido como nuestro deber, en unión de todo aquel a quien del mismo modo corresponda, como a nosotros, esforzarnos en este bendito propósito. Pero, como no tenemos una razón justa para dudar de la concurrencia de nuestros hermanos con ánimo de alcanzar una meta tan deseable en sí misma, que conlleva consecuencias tan felices, tampoco podemos experimentar un placer anticipado por ese acontecimiento que pondría fin definitivamente a nuestras desafortunadas divisiones y restauraría a la iglesia su unidad, pureza y prosperidad primitivas, sino tan sólo mantener la esperanza en su sincera y solícita cooperación.

Queridos y amados hermanos: ¿por qué juzgamos imposible el hecho de que la iglesia de Cristo, en este país tan altamente favorecido, asuma la unidad, paz y pureza originales que pertenecen a su naturaleza y constituyen su gloria? ¿Hay algo que, en justicia, pueda ser considerado necesario para conseguir este deseable propósito, adecuarse al modelo y que lo que ha de ser hecho empiece a realizarse en algún momento, en alguna parte, y no importa dónde ni por quién? Si el Señor pone su mano en el trabajo, ciertamente prosperará. Y, como ya se ha señalado, muchas veces le ha placido, en su misericordia, efectuar los hechos más grandes a partir de principios muy pequeños e incluso por medios que parecían ineficaces. Por tanto, el deber es nuestro, pero los acontecimientos pertenecen a Dios.

Esperamos, pues, que lo que proponemos no sea juzgado como una irrazonable o inoportuna empresa. ¿Por qué debería ser estimada inoportuna? ¿Es que se ha asignado a los tiempos que procuren favorecer ciertos intentos, mientras las cosas siguen como están? ¿Qué se supone que podrían hacerlo? ¿No debería darse antes la aproximación de los partidos para lograr una mayor cercanía en temas de profesión pública de la fe o similitud de costumbres? ¿O debemos esperar un declive gradual del fanatismo? En cuanto a la primera cuestión, es bien sabido que donde la diferencia es menor la oposición actúa con un grado de vehemencia inversamente proporcional a los méritos de la causa. Con respecto a la última, aunque nos alegra decir que en algunos casos y lugares (y, esperamos, universalmente) el fanatismo está en declive, no estamos autorizados por la experiencia pasada ni por la presente a trabajar confiando en esa suposición. No hemos visto todavía los resultados que cabría esperar en tal caso, ni creemos, ciertamente, que se produzcan porque siempre habrá multitud de personas débiles en la iglesia y éstas con, generalmente, las más expuestas al fanatismo.

A esto se añade que, mientras haya divisiones, siempre se encontrarán hombres interesados que no dudarán en apoyarlas. Por otro lado, Satanás no desechará cualquier oportunidad para obtener una ventaja tan importante en los negocios de su reino. A modo de observación adicional diremos que tampoco nosotros nos contentaríamos con un razonamiento de este tipo que afectara a nuestros intereses seculares en cuestiones de similar importancia. ¿Podemos añadir, práctica de la iglesia primitiva, expuesta claramente en el Nuevo Testamento? Y si esto puede producir alguna alteración en una o en todas las iglesias, no debería, pensamos, sea tenido por inadmisible ni tampoco ininteligible. De buen seguro, tales alteraciones supondrían siempre una mejora y no un empeoramiento, a menos que creyéramos que la regla inspirada por Dios es imperfecta o defectuosa. Si nosotros, por tanto, nos mantuviéramos en completa conformidad con la iglesia apostólica en la constitución y dirección de la iglesia, ¿no seríamos tan perfectos como Cristo pretendía que fuéramos? ¿Y no debería ser esto suficiente para nosotros?

En nuestra opinión es agradable saber que todas las iglesias de Cristo, que se reconocen mutuamente como tales, no sólo están de acuerdo en las grandes doctrinas de fe y santidad, sino que están unánimes también en la consideración de las positivas ordenanzas que fundamentan el evangelio, de modo que nuestras diferencias se basan, a lo sumo, en aspectos que no pertenecen al reino de Dios, esto es, en asuntos de opinión particular o de invención humana. ¡Qué pena que el reino de Dios esté dividido por tales cosas! Por eso, ¿quién de nosotros no se ofrecería en primer lugar para abandonar los humanos inventos que intervienen en la adoración a Dios y dejaría de imponer sus opiniones personales sobre sus hermanos, para que nuestras brechas sean curadas de este modo? ¿Quién no se adaptaría voluntariamente al patrón original indicado en el Nuevo Testamento, a fin de alcanzar este buen fin?

Y, por favor, sepan los queridos hermanos de todas las denominaciones que nosotros también tenemos nuestros prejuicios educacionales y costumbres particulares, contra los que debemos luchar tanto como ellos. Pero sinceramente declaramos que todo lo que hayamos recibido hasta ahora como materia de fe o ejercicio que no esté enseñado y ordenado en la Palabra de Dios, ya sea en términos expresos o por precedentes aprobados, lo abandonamos de todo corazón para que así podamos volver a la primitiva unidad constitucional de la iglesia cristiana y, en esta feliz unión, disfrutemos de completa comunión con todos nuestros hermanos, en paz y amor. La misma condescendencia esperamos, francamente, de todos los que en verdad están concienciados de la sumisión que deben a Dios, unos a otros y a sus moribundos hermanos del género humano. Para lograr esto llamamos e invitamos a nuestros hermanos de todas las denominaciones, invocando los sagrados motivos que hemos confesado y también las razones que nos han impulsado a hablarles así.

Todos vosotros, amados hermanos, sois objeto de nuestro amor y estima. Con todos vosotros deseamos unirnos en los vínculos de una completa unidad cristiana; que sólo Cristo sea la Cabeza, el centro, y su Palabra, la Regla, compartiendo una creencia explícita y una conformidad manifiesta con ella, en todas las cosas y en todos los términos. No requiráis más que esto de nosotros, del mismo modo que no podemos demandar menos de vosotros. Imaginamos que nadie lo hará, porque ¿a qué buen propósito serviría? No nos atrevemos a asumir ni a proponer la manida y ambigua distinción entre "esenciales" y "no esenciales" en asuntos de verdades reveladas y deberes. Estamos firmemente persuadidos de que, cualquiera que sea su relativa importancia, considerada en su forma más sencilla, la fuerza de la autoridad divina al revelarlos u ordenarlos hace que su creencia y ejecución sean esenciales para nosotros desde el mismo instante en que llegaran a nuestro conocimiento.

Y permanecer ignorantes de cualquier cosa que Dios haya revelado, no puede ser nuestro deber ni mucho menos nuestro privilegio. Suponemos humildemente, queridos hermanos, que no podéis oponer ninguna objeción pertinente en este aspecto. Y de nuevo os instamos a que comprendáis que nuestra invitación es minoritaria; con vuestra adhesión seremos muchos. Pero, seamos pocos o muchos, en última instancia formamos una unidad ante el acontecimiento que aguarda la sincera concurrencia de todos. Además, que el intento aquí sugerido, al no ser de una naturaleza parcial sino general, no tiene tendencia alguna a provocar celos o dañar los sentimientos de ningún partido. Al contrario, todo esfuerzo destinado a conseguir una permanente unidad escritural entre las iglesias, sobre la sólida base de verdades universalmente reconocidas y evidentes, conseguirá iluminar y conciliar, manifestando así su amor mutuo y celo por la verdad. "A quien amo en la verdad", dice el apóstol; "y no sólo yo - añade -, sino también todos aquellos que han conocido la verdad; por amor a la verdad, que está en nosotros y estará con nosotros para siempre". En verdad, si no exhibimos una divina y adecuada base de unión que cuente con la aprobación de cada cristiano recto y consecuente, ni adoptamos un modelo de procedimiento en favor de los débiles que no oprima sus conciencias, entonces el cumplimiento del que, en principio, es un gran objetivo será de todo punto imposible.

No quedaría, según esta suposición, ninguna otra forma de conseguirlo, sino simplemente a través de un compromiso voluntario y una reconciliación de buena voluntad. Sin embargo, cualquier cristiano que crea que los mandamientos y oraciones del Señor Jesucristo son ineficaces, jamás se cuestionará la consecución de la meta que proponemos. Por tanto, cualquiera que fuere la forma en que se efectúe, ya sea sobre las bases sólidas de la Verdad divinamente revelada o sobre el afable principio de la paciencia y misericordiosa complacencia cristianas, ¿no es igualmente practicable y deseable para nosotros, como pudiera serlo para cualquiera? A menos que nos creamos desprovistos del temple y discernimiento cristiano que no cualifican y son esencialmente necesarios para hacer la voluntad de nuestro Redentor, cuyo mandamiento expreso a su pueblo consiste en que "no haya entre vosotros divisiones", sino que todos se rijan por la misma regla, hablen una sola cosa y estén "perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer". Creemos, por tanto, que esto es tan practicable como deseable. Vamos a intentarlo. "Adelante, trabajando, y el Señor estará con nosotros".

¿No oramos todos para que llegue el día feliz en el que no habrá más que un rebaño, así como hay solamente un Pastor principal? ¿Qué, pues? ¿Oraremos por una cosa y no nos esforzaremos en conseguirla? ¿No usaremos los medios necesarios para llevarla a cabo? ¿Qué le dijo el Señor a Moisés sobre un caso de conducta similar? "¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen. Y tú alza tu vara, y extiende tu mano..." Dejad que los ministros de Jesús hagan suya esta exhortación, pongan su mano en el trabajo y animen a la gente para que marche sobre el firme terreno de la verdad, uniéndose con los lazos de una completa unidad cristiana. ¿Quién se atreverá a decir que esto no se cumplirá en breve? "Allanad, allanad; barred el camino, quitad los tropiezos del camino de mi pueblo", dice vuestro Dios. A vosotros, como líderes declarados y reconocidos, os corresponde ir delante del pueblo en este buen trabajo, barriendo un camino lleno de opiniones humanas e invenciones de los hombres; separando cuidadosamente la broza de trigo puro de la revelación primaria y auténtica; desterrando una supuesta autoridad que, con su decretado y promulgado poder, ha impuesto y establecido tantas lacras. En este misión ministerial, por tanto, esperamos con ansiedad.

Ministros de Jesús, no podéis ser ignorantes ni permanecer impasibles ante las divisiones y corrupciones de su iglesia. Sus mandamientos al morir, sus últimas y ardientes oraciones por la unidad del pueblo que profesa fe en él no os permitirán ser indiferentes en este asunto. No podéis ni debéis callar ante un problema de vital importancia para su gloria personal y felicidad de su pueblo. No debéis, porque el silencio muestra consentimiento. Más bien levantaréis vuestras voces como una trompeta para explicar la horrible naturaleza y espantosas consecuencias de esas anticristianas divisiones, que tanto han desgarrado y arruinado a la iglesia de Dios. Por tanto, haciendo justicia a vuestra condición y carácter, que ha honrado el Señor, anticipamos con esperanza vuestros celosos y fieles esfuerzos por curar las brechas de Sión, para que los amados hijos de Dios puedan vivir juntos en unidad y amor. Pero si nuestros anhelos no llegan a cumplirse... nos abstenemos de imaginar las consecuencias (véase Malaquías 2.1-10).

¡Qué los ministros y la gente consideren que no hay divisiones en la tumba ni en el mundo que nos espera detrás de ella! ¡Allí nuestras divisiones tienen que finalizar! ¡Todos nos uniremos allá! ¡Ojalá pudiéramos encontrar en nuestros corazones el modo de atajar nuestras cortas divisiones aquí; sólo así podremos dejar una bendición detrás de nosotros; más aún, una iglesia feliz y unida. Entretanto, ¿qué gratificación, qué utilidad pueden proporcionar dichas divisiones a los ministros y a las demás gentes? Si fueren perpetuadas hasta el día del juicio, ¿convertirían a un pecador del error de sus caminos? ¿Salvarían un alma de la muerte? ¿Tienden a mitigar la multitud de pecados que son tan deshonrosos para Dios y dañinos para su pueblo? ¿No los ocasionan e incluso los estimulan? ¡Cuán innumerables e imperdonables son los pecados que han producido y están produciendo, tanto entre los profesantes como entre los profanos! Os rogamos, os suplicamos pues, queridos hermanos, por todas estas consideraciones, que concurráis a colaborar en esta bendita y necesaria tentativa.

Lo que corresponde al trabajo de todos, debe ser hecho por todos. Así ocurrió con el levantamiento del tabernáculo en el desierto. Así es la labor a la cual sois llamados, no por la autoridad del hombre sino por la de Jesucristo y la del Padre, quien le resucitó de los muertos. Por esta autoridad sois convocados a restaurar el tabernáculo de David, que ha sido destruido entre nosotros, y edificarlo sobre su propia base. Pero no podréis hacerlo si cada hombre se encierra en su hogar y consulta únicamente con los intereses de su propio grupo. Si no os asociáis, consultáis y aconsejáis mutuamente, si no analizáis el tema de forma amistosa y cristiana, nada puede ser hecho. Por tanto, con el debido respeto y sumisión, llamamos la atención de nuestros hermanos sobre el importante deber de asociación. Uníos con nosotros en la causa común del sencillo cristianismo evangélico; estamos firmemente dispuestos a trabajar juntos en esta gloriosa tarea. Unidos prevaleceremos. Porque se trata de la causa de Cristo y de nuestros hermanos en todas las iglesias, a favor de la unidad universal, paz y pureza. Y porque es una causa que prosperará finalmente, pese a toda oposición, vamos a unirnos para secundarla. Avanzad con nosotros, querido hermanos, y ayudadnos. No permitáis que os adormezca esa canción sirena del cristiano perezoso y renuente: "El tiempo aún no ha llegado; el tiempo no ha llegado, dice, el tiempo de que la casa del Señor sea construida". No le creáis.

¿No discernís las señales de los tiempos? ¿No se han levantado los dos testigos de su estado de muerte política, bajo el largo destierro de las eras? ¿No se han afirmado sobre sus pies, en la presencia de sus enemigos y para su consternación y terror? ¿No ha sido acompañada su resurrección por un gran terremoto? ¿No ha sido destruida por él la décima parte de la ciudad? Este acontecimiento, ¿no ha despertado la indignación de las naciones? ¿No han estado enojadas, sí, muy enojadas? Por todo esto, oh Señor, tu ira ha caído sobre ellos. Ha llegado el tiempo en que los muertos serán vengados y darás la recompensa a tus siervos los profetas y a aquellos que temen tu nombre, pequeños y grandes. Es la hora de aniquilar a quienes han destruido la tierra. ¿Quién de nosotros no ha oído el relato de estas cosas: relámpagos, truenos y voces; un terremoto tremendo y un gran granizo; terribles convulsiones y revoluciones que han dividido y destrozado a las naciones como vasija de alfarero? ¿No hemos sentido nosotros mismos las remotas vibraciones de este horrible temblor, que Dios, misericordiosamente, ha colocado a una gran distancia?

¿Qué diremos ante todo esto? ¿Es tiempo de permanecer inactivos en medio de nuestras corrupciones y divisiones, mientras el Señor, por su palabra y providencia, nos llama insistentemente al arrepentimiento y la reforma? "Despierta, despierta, vístete de poder, oh Sión; vísete tu ropa hermosa, oh Jerusalén, ciudad santa; porque nunca más vendrá a ti incircunciso ni inmundo. Sacúdete del polvo; levántate y siéntate, Jerusalén; suelta las ataduras de tu cuello, cautiva hija de Sión". Así se resume esa preciosa, querida y comprada libertad, a través de la cual Cristo ha hecho libre a su pueblo; una libertad de la opresión de cualquier autoridad religiosa excepto la suya. No llaméis "padre" o "señor" a ningún hombre en la tierra; porque uno es vuestro Señor, Cristo; todos vosotros sois hermanos. Manteneos firmes, pues, en esta libertad y no seáis sometidos de nuevo por el yugo de la esclavitud. Para la reivindicación de dicha libertad nosotros nos hemos declarado sus sinceros y voluntarios defensores. Y con este benigno y solícito propósito nos hemos asociado, a fin de poder contribuir con el óbolo de nuestros humildes esfuerzos para alcanzarlo y también invitar a nuestros hermanos a que imiten este ejemplo.

Como primeros frutos de nuestros esfuerzos, respetuosamente sometemos a vuestra consideración las siguientes proposiciones, confiando en que, con caridad y franqueza, no despreciaréis ni mal interpretaréis nuestro humilde y arriesgado intento. Si en alguna medida sirvieran de precedente para abrir el camino a una permanente unidad escritural entre los amigos y amantes de la verdad y la paz a través de las iglesias, nos alegaríamos grandemente con ello. De ningún modo pretendemos pontificar y, si se lograra proponer algo más consistente y adecuado lo pondríamos a vuestro servicio. Vuestra pía y respetuosa atención a un objetivo de tal magnitud os inducirá a comunicarnos las enmiendas que apuntéis; de esta forma, lo que se siembre en debilidad será resucitado en poder. Porque, ciertamente, los dones colectivos que son conferidos a la iglesia, si se unen debidamente y se encaminan a sostener cualquier aspecto del deber encomendado, serían más que suficientes para la correcta y triunfante ejecución del mismo. "Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu... a otro, discernimiento de espíritus... Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho..." "Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios".

Por tanto, ante estas instrucciones y con la seguridad de la total suficiencia en la gracia divina, que la iglesia ha recibido de su Cabeza, no podemos dudar justificadamente de la concurrencia de sus genuinos miembros, ni de su capacidad cuando actúan conjuntamente a fin de conseguir todo lo necesario para su gloria y su propio bien. Ciertamente, la unidad visible en verdad y santidad, en fe y amor, es, sobre todas las cosas, la mayor contribuyente a nuestra causa, si damos digno crédito a los mandamientos y oraciones que pronunció nuestro misericordioso Señor al morir. Por ello, en una cuestión de tanta importancia, nuestros hermanos cristianos, por muy diferenciados que se encuentren bajo nombres de grupos no pueden ni deben negar su ayuda. Queremos ser sus deudores, en la misma medida que ellos están obligados, inexcusablemente, a ser nuestros benefactores. Acercaos, pues, a la obra, queridos hermanos; os lo suplicamos humildemente. Haced que vuestra luz brille sobre nuestros débiles comienzos y nos ilumine en el trabajo. Manifestad vuestro celo por la gloria de Cristo y el bienestar espiritual de vuestros hermanos cristianos, por una sincera cooperación para promover la unidad, pureza y prosperidad de su iglesia.

Y no permitáis que nadie imagine que nuestras proposiciones pretenden instaurar un nuevo credo o norma para la iglesia, o que intentan ser designadas como condiciones para la comunión. Nada hay más lejos de nuestra finalidad. Únicamente son propuestas para abrir el camino, para que podamos llegar, imparcial y firmemente, al terreno original a través de claras y ciertas premisas, retomando la situación de la iglesia como los apóstoles la dejaron. De esta forma, eliminando los desconciertos acumulados en los años intermedios, podremos mantenernos imbatibles en las mismas circunstancias en las que la iglesia se mantuvo en el principio. Habiendo aclarado esto para solicitar vuestra atención y prevenir posibles equívocos, proponemos lo siguiente:

1. Que la iglesia de Cristo sobre la tierra es esencial, intencional y constitucionalmente una, y la forman todos aquellos que, en cualquier lugar del mundo, profesan fe en Cristo y obediencia a él en todas las cosas según las Escrituras, manifestándolo por su temple y conducta. Cualquier persona que no cumpla esto no puede ser llamada verdadera y propiamente cristiana.

2. Que, aunque la iglesia de Cristo sobre la tierra necesariamente ha de existir en sociedades particulares y distintas, localmente separadas unas de otros, sin embargo no debe haber ningún cisma, ninguna desamorosa división entre ellas. Deben recibirse unas a otras así como Cristo Jesús las recibió también, para la gloria de Dios. Y, con este propósito, han de regirse todas por la misma regla; pensar y hablar la misma cosa; estar perfectamente unidas en una misma mente y en un mismo juicio.

3. Que, a fin de hacer esto, nada sea inculcado a los cristianos como artículo de fe ni requerido de ellos como condición para la comunión, sino lo que está expresamente enseñado y encomendado en la Palabra de Dios. Nada debe ser admitido como obligación divina en la constitución y dirección de la iglesia, salvo lo ordenado por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo y sus apóstoles en la iglesia del Nuevo Testamento, ya sea en términos expresos o por precedente aprobado.

4. Que, aunque las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento están conectadas, formando juntas una perfecta y completa revelación de la voluntad divina para la edificación y salvación de la iglesia y, por tanto, en ese aspecto, son inseparables, sin embargo, respecto a lo que pertenece directa y propiamente a su objetivo inmediato, el Nuevo Testamento es una constitución tan completa para la adoración, disciplina y gobierno de la iglesia cristiana, y una regla tan perfecta para los deberes particulares de sus miembros, como el Antiguo Testamento lo era para la adoración, disciplina y gobierno de la iglesia veterotestamentaria y para sus deberes específicos.

5. Que, en relación con los mandamientos y ordenanzas de nuestro Señor Jesucristo, si se presenta algún caso en el que las Escrituras silencian la forma de ejecución o el tiempo en que deba realizarse, ninguna autoridad humana tiene poder para interferir, para suplir la supuesta deficiencia haciendo leyes nuevas para la iglesia. En tales situaciones, nada puede requerirse de los cristianos, sino que observen los mandamientos y ordenanzas que respondan evidentemente a los fines declarados y obvios de su institución. Ninguna autoridad humana tiene poder para imponer nuevos decretos sobre la iglesia, si Cristo no los ha ordenado. Nada deber ser recibido como objeto de fe o adoración en la iglesia, ni instituirse como condición para la comunión entre cristianos, que no sea tan antiguo como el Nuevo Testamento.

6. Que, aunque existen deducciones de premisas de las Escrituras (si se infieren justamente) que pueden ser llamadas verdaderamente doctrinas de la Santa Palabra de Dios, sin embargo no deben coaccionar la conciencia de los cristianos más allá de la conexión que ellos perciban y cuando entiendan que les atañen, porque su fe no debe colocarse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder y veracidad de Dios. Estas deducciones no pueden condicionar la comunión, pero sí pertenecen propiamente a la posterior y progresiva edificación de la iglesia. Por tanto, es evidente que ninguna deducción o verdad inferida debiera tener lugar en la confesión de la iglesia.

7. Que las exposiciones doctrinales del gran sistema de verdades divinas y testimonios defensivos en oposición a errores comunes son convenientes en sumo grado, y deben ser lo más completas y explícitas posible; sin embargo, ya que éstas han de ser, en gran medida, efecto de nuestro razonamiento y por supuesto deben contener muchas verdades deducidas, no pueden esgrimirse como condición para la comunión cristiana. A menos que supongamos (lo cual es contrario al deseo divino) que ningún cristiano tiene derecho a la comunión de la iglesia, salvo aquellos que poseen un juicio muy claro y decisivo o han llegado a un nivel muy alto de información doctrinal. La iglesia desde el principio se compuso, y siempre se compondrá, tanto de niños pequeños y jóvenes como de padres.

8. Que, aunque no es necesario que las personas deban tener un conocimiento especial o una comprensión nítida de todas las verdades divinamente reveladas para obtener un lugar en la iglesia, tampoco deberían, con este propósito, ser obligadas a hacer una profesión que exceda a su propio conocimiento. Pero si tienen la debida medida de aceptación de las Escrituras respecto a su condición pecadora y perecedera por naturaleza, y del camino de salvación a través de Jesucristo, acompañada de una profesión de fe y obediencia a él en todas las cosas, según su Palabra, poseen todo lo necesario para su admisión en la iglesia.

9. Que todos aquellos que han sido capacitados por gracia para realizar tal profesión y para manifestarla en su temple y conducta, deben considerarse unos a otros como los santos amados de Dios; deben amarse unos a otros como hermanos, hijos de la misma familia y Padre, templos del mismo Espiritu, miembros del mismo cuerpo, súbditos de la misma gracia, objetos del mismo amor divino, comprados con el mismo precio y coherederos de la misma herencia. A los que Dios así ha unido, ningún hombre debiera atreverse a separar.

10. Que la división entre cristianos es un horrible mal y conlleva otras muchas desgracias. Es anticristiana, ya que destruye la unidad visible del cuerpo de Cristo, como si estuviera dividido contra sí mismo, excluyendo e incomunicando una parte de sí mismo. Es antibíblica, ya que en la Escritura está estrictamente prohibida por su autoridad soberana, porque supone la violación directa de su mandamiento expreso. Es antinatural, ya que incita a los cristianos al desprecio y al odio mutuos y a oponerse unos a otros, cuando en realidad deberían estar unidos por las más altas y estimadas obligaciones de amarse entre sí como hermanos, así como Cristo les amó. Es, en fin, promotora de confusión y de toda clase de males.

11. Que, unas veces, el olvido parcial de la voluntad revelada de Dios y, otras, la adopción de una autoridad terrena para aprobar opiniones e invenciones humanas acerca de condiciones para la comunión, introduciéndolas en la constitución, fe o adoración de la iglesia, son y han sido las inmediatas, obvias y universalmente reconocidas causas de todas las corrupciones y divisiones que siempre han tenido lugar en la iglesia de Dios.

12. Que lo necesario para alcanzar el más alto estado de perfección y pureza en la tierra es lo siguiente: Primero, que sólo sean recibidos como miembros aquellos que tengan esa correcta medida de conocimiento propio de las Escrituras descrito anteriormente, profesando fe en Cristo y obediencia a él en todas las cosas según la Biblia. Segundo, que a nadie sea retenida la comunión, si manifiesta la realidad de su profesión por su temple y conducta. Tercero, que sus ministros, bíblicamente cualificados, inculquen única y exclusivamente aquellos artículos de fe y santidad revelados y ordenados en la Palabra de Dios. Por fin, que en todos sus ministerios permanezcan fieles a la observancia de las ordenanzas divinas, siguiendo el ejemplo de la iglesia primitiva, exhibido en el Nuevo Testamento, sin añadir ninguna opinión humana o invención de los hombres.

13. Por último, que si algunas circunstancias indispensables para la obediencia a las ordenanzas divinas no se encuentran en las páginas de la Revelación, sólo aquellas que sean absolutamente necesarias para este propósito pueden ser adoptadas bajo el título de recursos humanos, sin pretensión de origen sagrado, de manera que cualquier alteración consecuente o diferencia en el acatamiento de ellas no produzca contención ni división en la iglesia.

De la naturaleza e interpretación de estas propuestas puede desprenderse que han sido establecidas para utilidad y provecho del fin que persigue nuestra Asociación. Pero en realidad se han expuesto con el expreso propósito de cumplir un deber de anterior necesidad, un deber firmemente establecido por las circunstancias presentes en manos de todo aquel que desee servir a los intereses de Sión; un deber no sólo ordenado, como se afirma en Isaías 57.14, sino también profetizado para el remanente fiel, como algo en lo que se ocupara voluntariamente: "El que en mí confía tendrá la tierra por heredad, y poseerá mi santo nombre. Y dirá Allanad, allanad; barred el camino, quitad los tropiezos del camino de mi pueblo". Preparar el camino para una unidad permanente entre los cristianos, llamando su atención sobre verdades fundamentales, dirigiendo su conciencia a los auténticos comienzos, allanando el camino delante de ellos al barrer las piedras de tropiezo - los escombros que los tiempos han arrojado en él - y cercándolo a cada lado para que al avanzar hacia el objeto deseado no puedan desviarse a causa de errores o negligencias, es, al menos, la sincera intención de las propuestas mencionadas.

Ahora corresponde a nuestros hermanos decidir hasta donde quieren llegar para responder a esta llamada. ¿Creen en verdades demostrables a la luz de las Escrituras y de la razón, de forma que negando alguna parte de ellas la afirmación contraria sea absurda e inadmisible? Consideradas como condición para llevar a cabo los propósitos explicados, ¿son suficientemente adecuadas, de forma que si se obra según ellas nos guíen, alcanzamos infaliblemente el resultado deseado? Si son defectuosas en cualquiera de estos aspectos, dejad que sean corregidas y enmendadas hasta convertirlas en evidentes e irreprensibles. Dejad que sean examinadas con rigor, con todo el rigor que la justicia, la franqueza y el amor admitan. Si hemos equivocado el camino, nos alegaremos de ser corregidos; pero si, por el contrario, hemos sugerido acertadamente obvias e innegables verdades que, al ser adoptadas, conducen a la anhelada unidad y la aseguran una vez obtenida esperamos que no se nos objete el que no hayan procedido de un Consejo General. No es la voz de la multitud, sino la voz de la verdad, la que tiene poder sobre la conciencia, la que puede producir una convicción racional y guiar a la obediencia. Una conciencia que espera la decisión de la multitud, que permanece indecisa hasta que la mayoría deposite su voto, es presa fácil del pecado. Y estamos persuadidos de que éste es el sentir uniforme de los verdaderos cristianos en todas las denominaciones.

¡Ojalá todos los profesantes pensarán así! Entonces nuestros ojos pronto podrían contemplar la prosperidad de Sión; podríamos ver en Jerusalén una morada serena. La unión de la verdad ha sido, y siempre debe ser, el deseo y la oración de todos nosotros. "Unión en la verdad" es nuestro lema, la palabra divina es nuestro emblema, en el nombre del Señor desplegamos nuestra bandera. Nuestros ojos se dirigen a sus promesas: "Y temerán desde el occidente el nombre de Jehová, y desde el nacimiento del sol su gloria; porque vendrá el enemigo como río, más el Espíritu de Jehová levantará bandera contra él". Nuestro humilde deseo se ser portadores de su emblema, luchar bajo su bandera y con sus armas, que "no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas". Estas fortalezas, estos tabiques de separación, como las murallas de Jericó, han sido levantados hasta el mismo cielo para separar al pueblo de Dios, para dividir a su rebaño y evitar así que entre en el descanso prometido, al menos es este mundo. Un enemigo nos ha dividido, pero no prevalecerá hasta el fin: "Los mansos heredarán la tierra, y se recrearán con abundancia de paz". "Y el reino y el dominio, incluso la grandeza de todo el reino bajo el cielo, será dada al pueblo de los santos del Altísimo, y la poseerán para siempre". Pero esto no puede suceder si el pueblo está dividido: "Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá" Este ha sido el caso de la iglesia durante mucho tiempo. Sin embargo, "no abandonará Jehová a su pueblo, ni desamparará su heredad, sino que el juicio será vuelto a la justicia, y en pos de ella irán todos los rectos de corazón". A ellos, y sólo a ellos, se dirigen nuestras esperanzas. Por tanto, venid vosotros, benditos del Señor. Si tenemos vuestras oraciones, tengamos también vuestra ayuda efectiva. ¿Oraremos por una cosa y no lucharemos por conseguirla?

Os llamamos, os volvemos a invitar al examen de estas premisas. Los que estáis cerca, asociaos con nosotros; los que estáis a una distancia demasiado grande, asociaos como lo hemos hecho nosotros. No dejéis que la escasez de número, en ningún lugar, os suma en un desaliento insuperable. Recordad a Aquel que dijo: "Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". Con tal promesa de alcanzar cualquier bien posible no hay lugar para el desánimo. Venid, pues, "los que os acordáis de Jehová; no reposéis, ni le deis tregua hasta que restablezca a Jerusalén y la ponga por alabanza en la tierra". Proponeos esa noble resolución cumplida por el profeta: "Por amor de Sión no callaré, y por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación se encienda como una antorcha". Con este propósito, encontraréis medios para asociaros a pesar de las distancias, con el fin de reuniros al menos una vez al mes y suplicar al Señor que ponga fin a nuestras lamentables divisiones; que cure y una a su pueblo para que su iglesia pueda regresar a su unidad y pureza originales y así regocijarse en la prosperidad prometida; para que los judíos sean convertidos rápidamente, y también todos los gentiles. Asociados de esta forma estaréis capacitados para investigar las causas nefastas de nuestras divisiones; para considerar y deplorar sus perniciosos efectos y lamentarlos delante del Señor, quien ha dicho: "Andaré y volveré a mi lugar, hasta que reconozcan su pecado y busquen mi rostro". ¡Ay! ¿Que perspectivas razonable, pues, podemos tener de ser liberados de esas tristes calamidades, que han afligido por tanto tiempo a la iglesia de Dios?

Mientras tanto, un espíritu de partido, en vez de lamentarse, se afana en justificar el amargo principio de esos males, insistiendo en rechazar a aquellos que, aunque intachables en otros aspectos, no están de acuerdo con ellos en cuestiones de opinión privada o conjeturas humanas que no han sido expresamente reveladas u ordenadas en la Palabra de Dios. Asociados los amigos de la paz, los abogados de la unidad cristiana tendrán capacidad para congregarse en círculos mayores, donde varias de esas sociedades menores podrán reunirse semestralmente en un centro conveniente y así intercambiar los distintos esfuerzos por servir a los intereses de la causa común. Esperamos que muchos ministros del Señor en todas partes se ofrezcan voluntarios en dicho servicio, porque ellos saben que éste es el verdadero deseo de su alma.

Vosotros, amantes de Jesús y amados por él, aunque os halléis esparcidos en este día oscuro, amáis la verdad que se encuentra en Cristo; nosotros también, si nuestros corazones no nos engañan. Vosotros deseáis la unión en Jesucristo con todos aquellos que le aman; nosotros también. Lamentáis y desecháis nuestras tristes divisiones; nosotros también. Rechazáis las doctrinas y mandamientos de los hombres, porque queréis guardar la ley de Cristo; nosotros también. Creéis que sólo la palabra debe ser nuestra regla, y no las explicaciones humanas de ella; nosotros también. Creéis que ningún hombre tiene derecho a juzgar, excluir o rechazar a su hermano cristiano si la misma letra de la ley no lo condena o rechaza; nosotros también. Creéis que la norma fundamental de unidad y amor no debe ser violada ni ha de dar lugar a opiniones humanas para convertirlas en artículos de fe y condiciones para la comunión; nosotros también. Vosotros sois sinceros e imparciales seguidores de Jesús, amigos de la verdad y de la paz. No nos atrevemos, no podemos pensar otra cosa de vosotros; será violentar vuestro carácter y olvidar vuestras oraciones y vuestra profesión. Tendremos, por tanto, vuestra sincera colaboración. Pero si alguno de nuestros queridos hermanos, a causa de debilidades o prejuicios, pensara de diferente forma, esperamos caritativamente que, a su debido tiempo, Dios le revele estas cosas; sólo quien, lleno de prejuicios, rehuse venir a la luz podrá rechazarla cuando brille sobre él.

Dejad que consideren seriamente lo que hemos sometido a su reflexión; pesad cada sentimiento en la balanza del santuario, como a la vista de Dios, con sincera oración y humilde confianza en su espíritu, no en el espíritu de autosuficiencia y celo de partido. Haciéndolo así, estamos seguros, las consecuencias redundarán en beneficio de su propia paz y la de la iglesia. No dejéis que nadie imagine que al decir esto nos arrogamos un grado de inteligencia superior al de nuestros hermanos; nada más lejos de nuestra intención. Por el contrario, nuestra confianza está basada por entero en la Escritura y en la evidencia práctica de las cosas referidas, lo que, sin embargo, si existe desatención o prejuicio, puede dejar de producir el efecto deseado, como ha ocurrido con algunas de las verdades más claras en tantas ocasione. Pero el amor no piensa mal. No debemos conjeturar, aunque sí debemos hablar. Advertir contra males posibles no significa falta de amor, así como la certeza de algunas verdades no supone motivo de presunción por nuestra parte. No demandamos, en absoluto, la aprobación de nuestros hermanos para lo que hemos sugerido con el fin de promover la sagrada causa de la unidad cristiana más allá de su propia evidencia.

Pero pretendemos humildemente una justa investigación del tema y solicitamos la asistencia de nuestros hermanos para llevar a cabo lo que débilmente hemos intentado ya. Es nuestro consuelo mientras tanto que el acontecimiento deseado, tan seguro como feliz y glorioso, no admite disputa, aunque dudemos o difiramos sobre el medio conveniente de llevarlo a cabo. Todo lo que nos atrevemos a decir es que confiamos en haber partido de la base correcta; al menos, si no lo hemos hecho, no esperamos encontrarla en otro lugar. Porque si el mantenernos firmes en la profesión y práctica de todo lo revelado y ordenado en las normas divinas, bajo la prometida supervisión del Espíritu Santo, no prueba ser una base adecuada para promocionar y conservar la unidad, paz y pureza, desistiríamos de alcanzar esos inestimables privilegios, aceptando las normas de cualquier partido. Defender la causa de la unidad, adhiriéndonos a los intereses de un solo sector, soría tan absurdo como si este país tomase partido a favor de uno de los beligerantes en la presente lucha, que ha agitado y está agitando a las naciones, a fin de mantener su neutralidad y asegurar su paz. No; supondría adoptar los mismos medios por los cuales la iglesia, en su aturdimiento, ha estado durante cientos de años desgarrándose y dividiéndose a sí misma en pedazos, por amor a Cristo y por amor a la verdad, aunque la primera y básica verdad del cristianismo es la unión con él, y la siguiente, en orden de importancia, la unión de unos con otros en él: "Recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios". "Y éste es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado. Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que no ha dado", exactamente el espíritu de fe, y de amor, y de una mente sana. Y, sin duda, esto debe bastarnos.

Pero, ¿cómo amar y recibir a nuestros hermanos de la misma forma en que Cristo les ha recibido a ellos y a nosotros, y al mismo tiempo rehusar tener comunión con ellos? Confesamos que es un misterio demasiado profundo para nosotros. Si ésta es la manera en que Cristo nos ha recibido, entonces ¡ay de nosotros! No nos referimos a un hermano que haya transgredido la letra de la ley, rechazando ser guiado. Aunque nuestro amor sea grande en tal caso no existe evidencia suficiente de que Cristo le haya recibido ni de que él haya aceptado a Cristo como su Maestro y Señor. Por tanto, adoptar métodos aparentemente subversivos al fin propuesto (medios que la experiencia de los años ha mostrado acertados sólo en el derrocamiento de los intereses del cristianismo, contrarrestando el mandamiento expreso de su divino autor) no puede ser, de ninguna manera, una medida prudente para desarraigar y prevenir esos males. Mantener la unidad y la pureza ha sido siempre la pretensión aparente de los recopiladores y fomentadores de sistemas humanos. Y, en muchos casos, creemos en su sincera intención. Pero, ¿han tenido en cuenta el fin que se proponían? Expresamente, no lo han hecho; no, ni siquiera los grupos que han adoptado este sistema con más rigor, y mucho menos el cuerpo católico.

En lugar de la unidad y pureza universales ¿qué otra cosa nos ha presentado la iglesia hasta hoy, sino un catálogo de sectas y sistemas sectarios, cada cual unido a su respectivo partido, con el más solemne empeño de seguir así hasta el fin del mundo? Al menos tales se han confesado muchos de ellos. ¡Qué horrendos sustitutos son de la unidad y el amor cristianos! Por otra parte, ¡qué dicha supone saber que ninguna obligación humana a la que el hombre se pueda doblegar es válida contra la verdad! Cuando el Señor descienda sobre su pueblo para descubrir la naturaleza y la tendencia de esos lazos artificiales con los que se ha dejado maniatar en su oscura e inconsciente condición, no podrá continuar sujeto a un estado de servidumbre sectaria, como tampoco los mimbres y cuerdas con que los filisteos ataron a Sansón pudieron contenerle, ni las cadenas del anticristo mantuvieron en cautividad a los padres de la Reforma. Que el Señor abra pronto los ojos de su pueblo para que vea la realidad con su auténtica luz y le incite a salir de su desolada situación, lejos de esta Babel de confusión, apoyándose sobre su Amado y permitiendo que unos y otros se abracen en él, firmes en la unidad del espíritu con las ligaduras de la paz. Esta preciosa unanimidad en Jesús proporcionaría la mejor evidencia externa de su unión con él y de su interés conjunto en el amor del Padre.

"En esto sabrán todos que sois mis discípulos", dice él, "si tenéis amor los unos por los otros". Y "éste es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado; que también os améis unos a otros". Y otra vez: "Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros". "Y todos los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mondo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado".
Que el Señor acelere esta profecía en su debido tiempo. Adiós.

Paz sea con todos aquellos que aman a nuestro Señor Jesucristo con sinceridad. Amén.

- Thomas Campbell,

Thomas Acheson

 

BREVE RESUMEN: "Declaración y Alocución". La primera parte de este trabajo establece un plan para formar una asociación de cristianos que trabajan para reunir a todos los cristianos. Los detalles de la segunda parte de las divisiones en la iglesia existente y la necesidad de regresar a la simplicidad del cristianismo del Nuevo Testamento. Thomas Campbell señaló que "no hay divisiones en la tumba, ni en el mundo que se encuentra más allá de ella". Es hora de que estas divisiones terrenales llegan a su fin. A continuación, se establece trece proposiciones, seguido de una exhortación a la acción.

La primera proposición afirma que "la iglesia de Cristo sobre la tierra es esencialmente, de forma deliberada y constitucionalmente una". Proposición tres afirmaron que para los cristianos a unirse, "nada debe ser inculcado a los cristianos como artículos de fe, ni requiere de ellos como términos de comunión, pero lo que está expresamente enseñado y ordenado en la palabra de Dios".

ALEXANDER CAMPBELL Y LA CUESTIÓN DE BAUTISMO:

Sobre la base de la raíz etimológica de la palabra griega para bautismo, Alexander Campbell llegó a la conclusión de que la inmersión sólo constituye el bautismo bíblico.

El día 12 de junio de 1812 Alexander Campbell y su esposa Margaret, junto con su padre y la madre, Thomas Campbell y Jane, se reunieron en un arroyo cercano de la iglesia Brush Run. La mayor parte de la iglesia Brush Run y muchos otros ya se habían reunido para presenciar el evento. Tanto Thomas y Alexander explicó en detalle por qué se estaban bautizando por inmersión y por qué sentía que Dios sólo acepta el bautismo de un creyente. Después de escuchar estos mensajes, varios de los reunidos decidieron ser bautizados también.

En cuanto al propio bautismo, Alexander quería que se realizara exactamente en el patrón del Nuevo Testamento. Los candidatos se sumergieron en la simple confesión de que "Jesucristo es el Hijo de Dios". Desde que Alexander no pudo encontrar su lugar en las Escrituras donde los candidatos al bautismo dio un testimonio sobre su "experiencia religiosa", ninguna de las personas que ese día dio una. Durante la semana siguiente, Thomas Campbell sumergió otros trece miembros de la iglesia Brush Run. Pronto, otros siguieron.

- www.alexandercampbell.org

y La Voz Eterna, Enero 1990

"Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre" (Hechos 22.16).


  

La Última Voluntad y el Testamento del Presbiterio de Springfield

 

"Porque donde hay testamento, es necesario

que intervengo muerte del testador. Porque

el testamento con la muerte se confirma;

pues no es válido entre tanto que el testador

vive" (Hebreos 9.16-17).

"Necio, lo que tú siembras no se vivifica,

si no muere antes. Y lo que siembras no

es el cuerpo que ha de salir, sino el grano

desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero

Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada

semilla su propio cuerpo" (1 Cor. 15.36-38).

"La voz del cual conmovió entonces la tierra,

pero ahora ha prometido diciendo: Aún una vez,

y conmoveré la tierra, sino también el

cielo. Y esta frase: Aún una vez, indica la

remoción de las cosas movibles, como

cosas hechas, para que queden las

inconmovibles" (Hebreos 12.26-27).

 

El Presbiterio de Springfield, localizado en Cane Ridge, en el contado de Bourbon, gracias a la misericordiosa providencia en un estado de salud corporal mejor que el ordinario, creciendo en fuerza y en tamaño diariamente y en perfecta sanidad y serenidad mentales, sabiendo, no obstante, que está establecido a todos los cuerpos morir una vez, y considerando que la vida de cada uno de dichos cuerpos es incierta, hacemos y ordenamos esta nuestra Última Voluntad y Testamento en la manera y forma siguientes: 

Imprimis. Queremos que este cuerpo muera, sea disuelto y se sumerja en unión con el Cuerpo de Cristo en libertad, porque no hay más que un cuerpo y un espíritu, así como somos llamados a una esperanza de nuestro llamamiento. 

Item. Queremos que nuestro nombre distintivo, con su título de Reverendo, sea olvidado para que no haya más que un Señor sobre la herencia de Dios y su nombre sea sólo uno.

Item. Queremos que nuestro poder de hacer leyes para el gobierno de la iglesia y ejecutarlas por medio de autoridad delegada cese para siempre, a fin de que la gente pueda tener acceso libre a la Biblia y adoptar la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús. 

Item. Queremos que los candidatos para el ministerio del evangelio, de aquí en adelante, estudien las Sagradas Escrituras con ferviente oración y obtengan licencia de Dios para predicar el sencillo evangelio a través del Espíritu Santo enviado desde el cielo, sin mezcla de filosofía, vanos engaños, tradiciones de hombres o rudimentos del mundo. Y que ninguno, a partir de ahora, se apropie este honor, sino quien sea llamado por Dios, como lo fue Aarón. 

Item. Queremos que la Iglesia de Cristo reasuma su derecho natural de gobierno interno, pruebe a sus candidatos para el ministerio, según su firmeza en la fe, conocimiento experimental de la religión, gravedad y aptitud para enseñar, y que éstos no admitan otra prueba de su autoridad sino al propio Cristo cuando les habla. Queremos que la Iglesia de Cristo mire con respeto al Señor de la cosecha para que envíe trabajadores a su mies, y que reasuma su derecho original de probar a aquellos que dicen ser apóstoles, y no lo son. 

Item. Queremos que cada iglesia particular, como un cuerpo, estimulada por el mismo espíritu, elija su propio predicador y le mantenga por medio de ofrendas voluntarias sin un llamamiento escrito, legal o jurídico; que admita miembros, deseche las ofensas y nunca más delegue su derecho de gobernar en ningún hombre o grupo de hombres cualquiera.

Item. Queremos que, desde ahora, la gente tome la Biblia como la única guía segura al cielo; y si se sienten ofendidos por otros libros que traten de competir con la Biblia, los arrojen al fuego si así les parece; porque es mejor entrar en la vida teniendo un libro, que teniendo muchos ser echado al infierno.

Item. Queremos que los predicadores y demás cristianos cultiven un espíritu de paciencia mutua; que oren más y discutan menos, y, mientras contemplan las señales de los tiempos, que busquen y esperen confiadamente que la redención ilumine la noche. 

Item. Queremos que nuestros hermanos débiles, que posiblemente hayan intentado hacer del Presbiterio de Springfield su rey y no saben qué ha sido de él ahora, se dirijan a la Roca de los Tiempos y sigan a Jesús en el futuro.

Item. Queremos que el Sínodo de Kentucky examine a cada miembro que pueda ser sospechoso de haberse desviado de la Confesión de Fe y suspenda inmediatamente a tales sospechosos, a fin de que los oprimidos puedan ser liberados y prueben las dulzuras de la libertad del evangelio.

Item. Queremos que _______, el autor de dos cartas recientemente publicadas en Lexington, sea animado en su celo por destruir el partidismo. Queremos, además, que nuestra pasada conducta sea examinada intrínsecamente por todos aquellos que puedan tener información correcta; pero que los extraños procuren no hablar mal de cosas que no saben.

Item. Finalmente, queremos que todos nuestros hermanos lean su Biblia cuidadosamente, para que puedan ver su destino determinado en ella y se preparen para la muerte antes de que sea demasiado tarde.

Presbiterio de Springfield

28 de junio, 1804: L.S.

 

Testigos:

Robert Marshall

John Dunlavy

Richard M'Nemar

B. W. Stone

John Thompson

David Purviance

Alocución de los testigos

Nosotros, los anteriormente mencionados testigos de la Última Voluntad y Testamento del Presbiterio de Springfield, sabiendo que surgirán muchas conjeturas respecto a las causas que han ocasionado la disolución de este cuerpo, creemos conveniente testificar que, desde su primera existencia, que formado en amor, vivió en paz y concordia, y murió en una muerte voluntaria y feliz.

Sus razones para disolver este cuerpo fueron las siguientes: Con profunda preocupación vieron las divisiones y espíritu de partido entre los cristianos profesantes, principalmente debidas a la adopción de credos humanos y formas de gobierno. Mientras estaban unidos bajo el nombre de un Presbiterio, se esforzaron por cultivar un espíritu de amor y unidad con todos los cristianos; pero encontraron extremadamente difícil suprimir la idea de que ellos mismos eran un partido separado de otros. Esta dificultad aumentó en proposición a su buen éxito en el ministerio. Se suscitaron celos en las mentes de otras denominaciones y una tentación fue puesta delante de aquellos que estaban relacionados con los distintos partidos, para verlos bajo el mismo prisma. En su última reunión se comprometieron a preparar para la prensa un trabajo titulado "Observaciones sobre el gobierno de la iglesia", en el que el mundo vería la bella simplicidad del gobierno de la iglesia cristiana, despojada de invenciones humanas y tradiciones feudales. Pero, a medida que avanzaban en la investigación de este tema, observaban que no había precepto ni ejemplo en el Nuevo Testamento para tales confederaciones como las modernas sesiones de la iglesia, presbiterios, sínodos, asambleas generales, etc. Por lo tanto, concluyeron que, mientras continuaran en la situación que entonces mantenían, se hallaban apartados de las bases que fundaron los apóstoles y profetas, de las cuales el propio Cristo es la piedra angular. Por lo mismo, y por muy justos que sus propósitos respecto al gobierno de la iglesia hubieran podido ser, se encontraban bajo el nombre y sanción de un cuerpo constituido a si mismo. En consecuencia y por un principio de amor a los cristianos de todos los nombres, a la preciosa causa de Jesús y a los moribundos pecadores que son apartados del Señor por la existencia de sectas y partidos en la iglesia, han consentido gozosamente en retirarse del estruendo y furia de los partidos contradictorios, desaparecer de la vista de mentes carnales y preferir la muerte. Creen que su expiración será una gran ganancia para el mundo. Pero, aunque estén muertos, como queda dicho, y despojados de su armazón carnal que sólo sirvió para mantenerlos demasiado cerca de los confines de la servidumbre egipcia, sin embargo viven y hablan en la tierra de la libertad del evangelio; tocan la trompeta de júbilo y gustosamente se dedican a colaborar con el Señor contra los poderosos. Ayudarán a los hermanos con sus consejos cuando sean requeridos; asistirán en la ordenación de ancianos o pastores - buscad la bendición divina, uníos a todos los cristianos - ; comulgarán juntos y se enlazarán estrechamente las manos en el trabajo del Señor.

Nos proponemos, por la gracia de Dios, continuar en el ejercicio de esas funciones que nos pertenecen como ministros del evangelio, confiando con firmeza en el Señor que Él será con nosotros. Sinceramente reconocemos que en algunas cosas podemos errar a causa de nuestra inestabilidad humana; pero Él corregirá nuestros errores y conservará su iglesia. Permitid que todos los cristianos se unan a nosotros en clamar a Dios día y noche para que aparte los obstáculos puestos en el camino de su trabajo, y no le dejemos descansar hasta que haga de Jerusalén un motivo de bendición en la tierra. Sinceramente nos unimos a nuestros hermanos cristianos de todos los nombres en acción de gracias a Dios por el despliegue de su bondad en el glorioso trabajo que está permitiendo en este país occidental, que esperamos terminará en la extensión universal del evangelio y en la unidad de la iglesia.

 

  

Índice de Estudios
(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)

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