"Padre, he pecado contra el cielo y contra ti"
  

La parábola conocido como "El Hijo Pródigo" ilustra la condición de cada cristiano que se aleja de la comunión con Dios y la iglesia. La Biblia nos dice que el joven abandonó a su padre y su casa y se fue a un lugar apartado donde vivió una vida desordenada. Por fin, el hijo se encontraba libre sin tener que responder a nadie por sus decisiones. El mundo le pareció muy atractivo y con el dinero que su padre le había entregado creyó poder comprar todo. Se equivocó. Mientras tuvo dinero no le faltaron los placeres ni los falsos amigos.

Durante todo este tiempo el joven vivió engañado. Creyó no necesitar a su padre ni las comodidades que había tenido en su casa. Al terminarse el dinero llegó a comprender que los placeres de la vida sólo están disponibles mientras hay dinero. También aprendió que hay personas interesadas en ser amigos mientras pueden sacar provecho personal.

Habiendo aprendido una triste lección el joven recordó a su padre y las comodidades que en su casa tenía. Reconoció el gran error que había cometido al salir de su casa, pero conocía a su padre y no dudó en tomar la decisión de regresar convencido que lo recibiría. De manera que decidió ir a su padre con una actitud de arrepentimiento y humildad diciendo, "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti" (Lucas 15.18).

El padre se había quedado muy triste desde el día que el hijo había tomado la decisión de salir de la casa. Pero el padre nunca perdió la esperanza que un día el hijo regresaría y así espero pacientemente su regreso. Cuando el hijo regresó, su padre lo recibió con mucho gusto, hizo una fiesta y le restituyó los privilegios de hijo a los cuales el hijo había renunciado.

De igual manera sucede con los cristianos que abandonan a Dios y la iglesia. La iglesia es una familia donde Dios es el Padre (Efesios 2.19). Cada individuo que oye y obedece el evangelio de Jesucristo siendo bautizado para perdón de pecados es añadido por Cristo a su iglesia (Hechos 2.47) y viene a ser hijo de Dios (Juan 1.12). Los privilegios como hijos de Dios son muchos y que podemos resumir en (1) haber recibido el perdón de pecados y (2) tener la promesa de la vida eterna.

Cuando los cristianos se apartan de la iglesia, automáticamente se apartan de Dios. Alejados de Dios, las personas entran otra vez al mundo de Satanás, siendo engañados por "los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida" (1 Juan 2.16). Aunque piensen que ya no tienen nada que les una con Dios y la iglesia, el haber llegado a pertenecer a la familia de Dios hace que allá en el mundo, estos cristianos que han abandonado la comunión con Dios se acuerden de Dios, la iglesia, y de las bendiciones espirituales que tenían.

Pero al contrario del joven de la parábola, muchos prefieren seguir sufriendo las consecuencias de una vida llena de pecado que arrepentirse y venir en humildad a Dios diciendo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti". Dios al igual que el padre de la parábola, se entristece cuando los hijos desobedientes deciden abandonar la familia cristiana. El hombre alejado de Dios sufre moral y espiritualmente y Dios espera pacientemente que el hombre reconozca su error y vuelve a él arrepentido y humillado.

Cada día es una nueva oportunidad que Dios nos concede para recapacitar y decidir volver a él. Dios es un Dios perdonador, paciente, esperando que sus hijos que se han alejado de él y su iglesia regresen "no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento" (2 Pedro 3.9).

- Luis Medina R.

La Voz Eterna, Marzo-Abril 1998 

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(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)

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