LA VERDADERA MARIA  

INTRODUCCION

Mucho se ha dicho y se ha escrito con respecto a María, la madre de Jesús; y con ese objeto se han escrito muchos libros y folletos. En este estudio, vamos a referimos a dos de esos folletos: "María y la Obra de Jesús" por Manuel Jiménez F., Pbro., del V Concurso Bíblico Nacional, y "La Virgen María en el Concilio Vaticano II" (Capítulo VIII de la Const. sobre la Iglesia), Edición del Secretariado Diocesano de la Fe y del Movimiento Bíblico Diocesano, Cuernavaca, México, Mayo de 1966.

La historia de la Virgen María se encuentra en las Sagradas Escrituras en las versiones D. Félix Torres Amat, que es la Biblia autorizada por la Iglesia Católica Romana, y en la versión de la Biblia, llamada Protestante, de Cipriano de Valera, y especialmente en ambos Nuevos Testamentos.

Los autores de los folletos, al hablar de María lo hacen ensalzando su persona hasta la exageración, aplicándole textos bíblicos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento en una forma arbitraria.

Por la manera tan ponderante en que ambos escritos presentan a María, he querido escribir algo sobre el mismo asunto para presentar a LA VERDADERA MARIA, haciéndolo en una manera sencilla, como humilde y sencilla lo fuera la madre de Jesús, sin investiduras que no merece, porque no le corresponden.

LA VERDADERA MARIA

 ¿Quién era la Virgen María?

Cuando María fue a visitar a Elisabet, tan pronto la saludo, Elisabet dijo: "Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor. Entonces María dijo: Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre, y su misericordia es de generación en generación a los que le temen. Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos. Socorrió a Israel su siervo, acordándose de la misericordia de la cual habló a nuestros padres, para con Abraham y su descendencia para siempre" (Lucas 1.42-55).

María era una joven judía, piadosa de carácter, amable y simpática; su historia se relaciona con el maravilloso nacimiento de Cristo, cuyo relato se encuentra al principio de los evangelios de Mateo y Lucas.

La estimación por el carácter de María ha tenido y sigue teniendo sus extremistas. Por una parte los católicos romanos en su aberración idolátrica se han hecho mariólatras, es decir, rinden adoración a María. Han deificado a la humilde judía nazarena (Lucas 1.26,27), a quien colocan, prácticamente, en un lugar más prominente que Jesús. 

Por otra parte los protestantes, ya por ignorancia o por premura de juicio, consideran a María como una mujer que simplemente fue la madre de Jesús; la que consideran como cualquier otra mujer.

Hemos de tener cuidado de no caer en tan vituperables extremos, y debemos colocar a María en el lugar que le corresponde según la Sagrada Escritura.

Ninguna mujer ha sido tan enaltecida y amada como la humilde y piadosa, discreta y sufrida Virgen nazarena, modelo de todas las mujeres y de todas las madres de todas las razas. Esta joven hebrea era una mujer religiosa, que vivía en íntima comunión con Dios, como puede notarse en la conversación que tuvo con el ángel cuando le anunció el nacimiento de Jesús (Lucas 1.38).

Exaltación religiosa de María

En los folletos católicos se habla de María, exaltándola de acuerdo al espíritu idolátrico del hombre, y no de acuerdo a la verdadera información real y sencilla de la Sagrada Escritura. No cabe duda, toman la Escritura, pero la interpretan mal, tratando de hacernos creer que los pasajes bíblicos que aplican a Jesús se refieren a ella. Esto lo hacen con el fin de dar fuerza y apoyo a su argumentación en favor de María. 

En uno de los folletos ya mencionados: La Virgen María en el Concilio Vaticano II, pág. 5 e inciso 55, se lee de esta manera: "La Madre del Mesías en el Antiguo Testamento. Los libros del Antiguo Testamento desde el Génesis, pero especialmente los profetas, predicen el advenimiento de un Salvador; por ejemplo, tomando al profeta Isaías en su capítulo 9 y versículo 6 dice: 'Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz'".

Pero es importante que nosotros observemos que toda la atención la pone el profeta en el que había de nacer, y no en la madre, y todos los títulos le corresponden a él y no a ella. Veamos... "Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado". Esta profecía se refiere, no a cualquier niño de su tiempo, sino al Mesías, hijo que había de ser del linaje de David, el don gratuito de Dios para la salvación del mundo (Juan 3.16).

"El principado sobre su hombro". Es decir, la insignia de su oficio "sobre su hombro", como señal de autoridad para gobernar, el cual sería Cristo. Con el nacimiento de Jesucristo, el Padre afirmaría el derecho del gobierno por medio de su Hijo, por ser el "heredero de todo" (Heb. 1.2) y quien sostendría el reino del Padre (Daniel 7.13,14). Es "Admirable" en el sentido de que este niño sería digno de admiración, llevando los siguientes títulos: "Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz".

Que se haga mención de un niño, claro que implica naturalmente que había de nacer de una mujer; pero toda la atención la pone Dios, mediante el dicho del profeta, en el Mesías, que a su tiempo vendría para salvar al mundo.

María fue favorecida por Dios, no exaltada por los hombres 

La Iglesia Católica Romana enseña que somos salvos por María la madre de Jesucristo, y sostiene, "que es la esperanza de todos". Además, le da los siguientes títulos: "Puerta del cielo, estrella de la mañana, refugio de pecadores, consuelo de afligidos...", etc. En la Biblia - no la protestante - sino la católica, no se encuentran esos títulos, ni la más pequeña revelación que hagan referencia a María como nuestra salvadora. 

La Iglesia Romana considera a María "llena de gracia". Cuando el ángel Gabriel le anunció el nacimiento de Jesús, le dijo: "¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres" (Lucas 1.28). Es decir: Regocíjate ¡oh favorecida! - Este es el significado original.

La Virgen María no fue más que un instrumento escogido por Dios que ocupó un lugar especial en el desenvolvimiento de la Historia Sagrada, así como Abraham, Isaías, Juan el Bautista y otros personajes más, para el desarrollo del plan divino de nuestra salvación en Cristo.

Si se dice: "Bendita tú entre las mujeres", no quiere decir que sea bendita "sobre" ellas, o sobre todas; sino "entre ellas", no siendo más que un ser humano, distinguido por Dios. Y esto que fue dicho a ella, ya se había dicho a otras mujeres (Jueces 5.24; Génesis 17.15,16; 24.60).

Otra categórica aclaración de Jesucristo en cuanto al verdadero papel de María podríamos encontrar en Lucas 11.27,28: "Mientras él decía estas cosas, una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste. Y él dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan".

No se niega que había gracia en María, pero ésta no era para comunicarla a otros, sino que era el efecto de la divina misericordia que Dios manifestó en ella. El ángel no quiso lisonjearla, ni elogiarla, simplemente le anunció la gracia que Dios iba a manifestarle, haciendo que fuese madre del Salvador del mundo. En esa forma halló la gracia con Dios.

Las veces que la Escritura menciona a María

Después del regreso de Egipto, María, el niño y José habitaron en Nazaret (Mateo 2.23). Después de eso se menciona a María sólo cinco veces en la Historia Sagrada.

En primer lugar, se cita a Jesús a la edad de 12 años, cuando se perdió, habiéndose quedado en el templo en Jerusalén con los doctores de la ley. José y María le buscaron, y hallándote, su madre le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?" (Lucas 2.48,49).

No hay duda que en esta respuesta Jesús expuso una amable censura, haciéndole ver a María que él no era una persona común y que únicamente reconocía a su Padre que está en los cielos, para ocuparse en sus asuntos.

En segundo lugar, lo que ocurrió en las bodas de Caná de Galilea (Juan 2.1-5). Allí se encontraba María, la madre de Jesús, bodas a las cuales fueron invitados Jesús y sus discípulos. Al llegar Jesús, le dijo María: "No tienen vino", lo que decía esperando alguna acción de su poder, e insinuando que la circunstancia era su oportunidad.

De inmediato Jesús le dice: "¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora". Con esto Jesús le hace nuevamente una seria advertencia, diciéndole que él no tiene nada que ver con ella; que los asuntos de su Padre los tiene que atender él solo, e insinuando que lo haría en el momento que correspondiera; y así lo entendió María al decir: "Haced todo lo que os dijere".

En tercer lugar, cuando su madre y sus hermanos querían ver a Jesús. El se encontraba predicando cuando ellos llegaron. Su madre y sus hermanos querían hablarle, pero no podían llegar a él por causa de la multitud:

"Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus hermanos están afuera, y te quieren hablar. Respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre" (Mateo 12.47-50).

Jesús aprovecha el incidente para impartir una interesante aclaración. El Señor, absorto en las enseñanzas que estaba exponiendo a la multitud, le parecía aquello una interrupción inoportuna, capaz de disipar la impresión que estaba dejando en sus oyentes. La influencia de sus parientes más cercanos no lo obligó a ceder al llamado de ellos. Y dijo: "Todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre".

El Señor Jesús no hizo referencia a que había que hacer la voluntad de su madre en el presente o en el futuro; ni lo enseñó, ni con el ejemplo, ni con la palabra, ni en ninguna otra forma.

La sumisión filial a la voluntad del Padre que está en los cielos había de ser el vínculo indisoluble de unión entre Cristo y los suyos, o sea su iglesia, que como familia cristiana, hace la voluntad de Dios, y no la de María.

Jesús enseña, en el caso que nos ocupa, que prefiere el parentesco espiritual al humano y familiar. Para Cristo, su madre María no ejerció ninguna influencia o autoridad sobre él. Eso implica que si en él no se ejerció ninguna autoridad o dominio de parte de María, ¿por qué lo hemos de reconocer nosotros?

En cuarto lugar tenemos a Jesús, cuando muestra su cuidado por María, su madre. En medio de su terrible agonía corporal causada por su crucifixión, no se olvida de la mujer de quien había nacido, y que iba a dejar. Pero para que no quedara desamparada, la encomendó a la protección de Juan, su discípulo amado, y así dice a María: "Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa" (Juan 19.26,27).

No obstante la ternura y el cuidado de Jesús para con María, él no ordena, en ninguna ocasión, ni aun en sus últimos momentos de vida, que su madre fuese venerada. Tampoco la dejó como patrona de los pecadores, ni que fuese la reina del cielo y la tierra. Esta clase de aseveraciones son, completa y totalmente, ajenas a las enseñanzas bíblicas. 

El sentido común, de acuerdo al relato bíblico, nos enseña que habiendo necesitado María de ajena protección, ¿cómo podría ayudar a los hombres en ir al cielo, o ser mediadora entre Dios y ellos?

La última referencia bíblica de María la encontramos en Hechos 1.14 que dice: "Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos".

Se distingue a María en relación con las otras mujeres, pero sólo para identificarla, no dando ninguna indicación de que ella tuviese preeminencia alguna sobre los discípulos. Ella se encuentra entre los demás orando al Cristo glorificado. La fábula de la Asunción de María no tiene ningún fundamento, ni aun en la tradición.

Llama la atención aquí, que ni Lucas, el autor del libro de los Hechos, que nos da la última noticia de María, ni los mismos discípulos reunidos como estaban, le tributasen a María distinción y homenaje religioso por haber sido la madre del Salvador.

Después de esto, María entra en una completa oscuridad. Ya no se vuelve a saber más de ella. Pero la Iglesia Católica Romana, basándose en la tradición, la ensalza y la venera. La tradición católica romana añade cosas a los Escritos Sagrados, sin tomar en cuenta que lo que se escribió es suficiente, "para que creyendo, tengáis vida en su nombre" (Juan 20.30,31).

Los dogmas, enseñanzas y prácticas idolátricas de la Iglesia Católica Romana, no se cimientan en la Sagrada Escritura, sino en la tradición. Entendiendo la Escritura, ya no es necesario el argumento de la tradición. Las cosas que enseña la Biblia las aceptamos no por ser tradiciones, sino por estar fundadas en la palabra de Dios.

No hay en toda la Historia Sagrada ninguna evidencia que autorice a María como mediadora entre Dios y los hombres

El ladrón en la cruz, a la hora de su agonía, clamó directamente a Jesús: "Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino" (Lucas 23.42).

El caso de Esteban, el primer mártir del cristianismo, cuando ya estaba para morir apedreado por los judíos, no se dirige a María, sino que dice con toda certeza, fe y convicción: "Señor Jesús, recibe mí espíritu" (Hechos 7.59). Y en versículo 55 del mismo capítulo, "vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios".

Fue el Señor Jesús el que salió al encuentro de Saulo cuando se convirtió al cristianismo y le hizo oír su voz: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues" (Hechos 9.4,5).

No es María la que obra para la conversión de Pablo, sino Jesucristo; y desde entonces, Cristo fue para Pablo el tema de todas sus predicaciones y escritos, y nunca María.

Si María era tan prominente, según el decir de los folletos ¿por qué los cristianos del primer siglo no le dirigieron sus oraciones?

Sabemos por el Nuevo Testamento, que desde un principio todas las oraciones serían dirigidas a Dios únicamente por medio de nuestro Señor Jesucristo, pues dijo el Señor: "todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo" (Juan 14.13).

¿Acaso dijo Cristo: "Todo lo que pidiereis al Padre en el nombre de María mi madre, esto haré"? Para nada se toma en cuenta el nombre de María, ni en las oraciones de los cristianos, ni antes, ni después de las predicaciones de los apóstoles.

Aun más, ni en el libro de los Hechos de los Apóstoles, ni en las epístolas, ni en el libro de Apocalipsis se hace mención que sea María a quien se deba dirigir las oraciones. 

En una forma más intima, Juan, el discípulo de Cristo a quien dejó el cuidado de María, no hace mención de la oración dirigida a ella. Ni Pedro, a quien considera la Iglesia Católica Romana como el primer papa, que nunca estuvo en Roma, menciona que se habían de dirigir las oraciones a María.

Fue la misma Iglesia Católica Romana la que más tarde inventó el culto y adoración a María, como quedó establecido en el año 431 d. de C., para desarrollarse más cada siglo, y a quien pondría como intercesora.

María no es la intercesora en la iglesia

Si la Virgen María es la intercesora de los pecadores, entonces la Sagrada Escritura está equivocada al decir: "Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo" (1 Timoteo 2.5,6). No se señala a otra persona como nuestro mediador sino a nuestro Señor Jesucristo.

Establecer entre Dios y los hombres a otros mediadores, incluyendo especialmente a María, es contradecir las palabras sagradas y negar a Cristo su obra redentora. Hay una gran cantidad de textos bíblicos que confirman que la salvación e intercesión es lograda solamente por medio de Jesucristo (Juan 17.11; Hebreos 7.25; 1 Juan 2.1, etc.).

Cristo dijo que "edificaría su iglesia", pero no iba a ser en Pedro, menos en María, sino en él mismo (1 Corintios 3.11; Efesios 2.20). Por tal motivo, la verdadera iglesia reconoce a Cristo únicamente, como Cabeza. Es nuestro Sumo Sacerdote o Pontífice, misericordioso y fiel; que abrió un camino para llegar a Dios por medio de sí mismo.

En el folleto titulado: La Virgen María en el Concilio Vaticano II, en el párrafo 62 se lee: "Por eso la bienaventurada Virgen en la Iglesia es invocada con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora".

Esto no lo dice la iglesia del Nuevo Testamento, lo dice el folleto de acuerdo a la ideología católica y en relación con el Concilio Vaticano II. Se ha venido probando, con la verdad histórica de ambas Biblias, que la iglesia del Nuevo Testamento nunca invocó a María y menos le atribuyó los títulos que le dieran siglos después.

Esto indica que la Iglesia Católica Romana no es la verdadera; nunca ha hablado con la verdad, se sale de ella para basarse en tradiciones, desconociendo la enseñanza original que es la Sagrada Escritura.

En toda la historia de la iglesia de Cristo, desde su principio, en su desarrollo en Palestina, en Asia, en Europa, en Egipto, en otras muchas partes del mundo, y hasta nuestros días no se hace ni se está haciendo referencia a María para venerarla y rendirle culto.

En conclusión, todo lo que se diga de ella rodeándola de atributos y títulos en relación con la iglesia, no tiene ninguna autoridad bíblica.

Invención humana

¿De dónde toma de Iglesia Romana la autoridad para rendir culto a María, cuando que ni aun en la propia Biblia Católica Romana encontramos, ni siquiera, una línea que indique que es ella a quien se debe recurrir para nuestra salvación?

"Fue en el año 431 de nuestra era, en el Sínodo de Efeso, al condenar a Nestorio porque negaba que María era la madre de Dios. Esto hizo eco en la veneración creciente del pueblo: Cuando los padres salieron del local donde se habían reunido en concilio, las masas los acompañaron por las calles de la ciudad llevando antorchas encendidas y quemando incienso. El culto a María, dice Steitz, quedó establecido ese día y se desarrolló más cada siglo. Y en el año 906 d. de C., se estableció el dogma para la adoración de María".

Protestas

No faltó quien levantara la voz para protestar en contra de ese abuso. Cuando los canónigos de la Catedral de Lyon introdujeron el día 8 de diciembre de 1139 la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, Bernardo de Clairveaux, el varón más santo de su época, protestó enérgicamente en contra de dicha innovación, diciendo que, con la misma razón, se podían establecer días de fiesta conmemorativos de la concepción de la madre, abuela y bisabuela de María y así sucesivamente hasta nuestra madre Eva. 

Muchos profesores de teología estaban también opuestos al desarrollo de la mariolatría, entre los cuales puede mencionarse a Anselmo, Tomás de Aquino y Alberto Magno. Más tarde, en 1693, Adrián Baillet, insistió en que el culto a María no es sino una mera adulación y abogó por la reforma de las costumbres que prevalecían. Muratorio (1723) admite que el culto a María puede ser útil, pero niega que sea necesario. En 1784 el emperador José II mandó quitar de los altares todos los pequeños corazones, manos y pies de oro o de plata que se habían ofrecido a María como votos.

Es una coincidencia singular el hecho que, al mismo tiempo que se obedecía esta orden real, Alfonso de Logorio daba a la prensa, en la ciudad de Venecia, su "Gloria de María", yendo en esa obra más allá de todos sus contemporáneos en sus asertos fantásticos y fábulas visionarias respecto de la madre de Jesús (Historia Compendiada de la Iglesia Cristiana por Juan Fletcher Hurst, Doctor en Teología y Leyes, Capt. XXXIV, "El Culto a María", págs. 490 y 491).

María no salva

Ningún poder ni autoridad tiene María para salvar al hombre. Ella misma tuvo necesidad de un Salvador - así se lo expresó el ángel en Nazaret al anunciarle el nacimiento de Jesús según la Biblia Romana: "Dios te salve llena de gracia, el Señor es contigo..." (Lucas 1.28). Y en versículo 47 del mismo capítulo, contestando María a Elisabet, dice María: "Y mi espíritu está transportado de gozo en el Dios Salvador mío".

Todo esto no ha sido más que pura invención de la Iglesia Católica Romana como lo son casi todas sus prácticas, doctrinas, ceremonias y demás actos que enseña, la mayoría de lo cual no tiene autoridad divina; por lo que ante Dios, no tiene ningún valor. Las cosas religiosas de la Iglesia Católica Romana no tienen más que una apariencia de sabiduría porque nacen de una falsa piedad, de un principio equivocado y de una humildad exagerada. 

El culto y prácticas religiosas de la Iglesia Católica Romana son "según los preceptos y enseñanzas de los hombres" y no de Dios. Pasan quizá como sabiduría, pero carecen de la verdad. Hacen una manifestación exterior y pública de actos religiosos. Y como dice la Biblia - la propia versión Católica Romana: "No obstante que todas estas cosas, prescritas por ordenanzas y doctrinas humanas, son tales, que se destruyen con el uso mismo que de ellas se hace" (Colosenses 2.22).

Si la Sagrada Escritura, aun la Católica Romana, no apoya en ninguna de sus partes el culto a María por haber sido la madre de Jesús, menos apoya el culto y veneración a la multitud de imágenes que son representaciones en pintura o escultura de la divinidad y de santos, hechas de material.

Ni enseña tampoco la fe y confianza en reliquias, medallas, escapularios, rosarios, novenas, misas, rezos, aceites, aguas benditas, velas, veladoras, huesos, cabellos, etc. Todos los cuales son invenciones de los hombres.

Lo que enseña la Escritura acerca de la iglesia

En las páginas del Nuevo Testamento se nos habla de la única institución que estableció Cristo, y que se llama IGLESIA DE CRISTO, de la cual él mismo es la Cabeza (Colosenses 1.18). No lo es Pedro ni el papa. El papado comenzó en el año 608 d. de C., mucho después del establecimiento de la iglesia, suceso que tuvo lugar aproximadamente en el año 33 de la vida de Jesús en el primer siglo; y no fue en Roma ni en ningún otro lugar, sino en Jerusalén (Hechos 2).

En la iglesia de Jesucristo él es el centro inconfundible de la verdad cristiana, donde rige únicamente su doctrina y la de sus apóstoles, a quienes les dio autoridad (Mateo 28.18-20). Y dice la Escritura que "nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo" (1 Corintios 3.11). ¿Y el fundamento de la Iglesia Romana? Ese fundamento no es reconocido por Dios; al respecto dijo Cristo: "Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada" (Mateo 15.13). Ese fundamento fue puesto por los hombres, mientras que el fundamento verdadero fue puesto por Dios, que es Jesucristo.

Y sigue diciendo la Escritura: en esta parte se cita lo que dice la Versión Católica Romana Torres Amat. "Este Jesús es aquella piedra que vosotros desechasteis al edificar". Esta es una cita profética tomada del Salmo 118, versículo 22 que el Señor Jesús había tomado para aplicársela a sí mismo, en el curso de una controversia con sus adversarios - los principales sacerdotes (Marcos 11.27; 12.10,11).

Pero ahora debe llamarnos la atención que es Pedro, quien en una manera admirable y osada, hace aplicación de las mismas palabras; pero no se las aplica a sí mismo como lo hace la Iglesia Católica Romana, sino a Cristo. Y lo hace cuando el hecho del rechazamiento había sido consumado, y el rechazado había llegado a ser "LA PRINCIPAL PIEDRA DEL ANGULO".

 "Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa: y el que creyere en él, no será avergonzado" (1 Pedro 2.6).

Pedro, con lo que dijera, en la forma tan clara, enfática y terminante, sigue hoy acusando a los adversarios de la Verdad así como lo hiciera con los de su tiempo (Hechos 4.11), que eran, y son por cierto, los más religiosos. Se puso el cimiento de la casa, pero desecharon la piedra angular, la que había de sostener el verdadero edificio, la iglesia verdadera.

Y por fin dice Pedro: "Este Jesús... ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hechos 4.11,12).

Esta es la gran verdad que sostiene y enseña la Sagrada Escritura. Pero los falsos edificadores han desechado a Cristo el Salvador y han puesto, indebidamente en su lugar, el nombre de María a quien consideran como Reina del Universo; no queriendo reconocer que Cristo Jesús es el que tiene toda autoridad en el cielo y en la tierra (Mateo 28.18). Por tal motivo es llamado en Apocalipsis 17.14:

"SEÑOR DE SEÑORES Y REY DE REYES"

- Francisco Avila Robles

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Índice de Estudios

(Pasajes bíblicos tomados de la Biblia Reina-Valera Revisada ©1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Copyright renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.)

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